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Archivo para octubre, 2012

¿LOS CIPRESES CREEN EN DIOS?

Miércoles, 3 de octubre de 2012 8 comentarios

Cipreses, sauces, almácigos. Ficus. Cipreses, cedros, sequoias. Árboles raros, irreconocibles, inexistentes acaso. Una línea sin forma en el horizonte desquiciado de la gran ciudad. Sombras de luna. Siluetas de perfil loco, como yo, viento cósmico sobre el asfalto arrasado, a esta hora desierto como una bendición. Desertado. Es tan difícil estar solo en La Habana. Es tan difícil quedarse solo en medio de tanta desolación. Silencio con voz de muerte. Todos mueren, todos morimos. Y antes y después el aire se satura del magnesio virgen de la clorofila, del sodio volatilizado de las bombillas en los postes de luz, del hierro oxidado de nuestros barrotes, del rocío imaginario que enseguida anuncia el amanecer. Ojalá nunca amanezca esta vez. Ojalá la prisión sea eterna. Camino en círculos. Corro con los ojos cerrados sin moverme de mi posición. Es el lenguaje, ese objeto perverso. Precioso. Es el deseo de ser libres, esa fuga imposible. Impasible. Eres tú. Cipreses, robles, pinos que no son pinos. Casuarinas. Cipreses, baobabs de las lecturas de infancia, palmas reales como pinceles apuntalando los cielos sin dios de La Habana, ceibas sin embargo sagradas y un framboyán florecido hasta tocar con sus ramas el pasillo del hospital. Árboles impronunciables, irrepetibles. Irresistibles acaso. Estamos ingresados, no hay futuro para los enfermos. Cualquier sueño sería efímero desde aquí. La luna hoy es un cero que se recorta contra los algodones rojizos, sangre con sabor a salitre. La luna otras veces es una uña del diablo, una hoz, un colmillo de elefante, marfil maravilloso a pesar de ser tan tarde ya para todo. Para todos. También para ti. Me recuerdo niño, en un año indivisible excepto por él mismo. Yo me asomaba a una baranda como esta y la ciudad era una colmena de alfilerazos de neón. Lomas, barrios hechos de escalinatas, chimeneas, iglesias. Me recuerdo arrodillado, fingiendo, murmurando ensalmos que no me protegían de nada. Perdiendo tiempo bajo techo mientras la noche se hacía más honda allá afuera. Una pasta viscosa, masticable, definitivamente real. Se ve tan claro todo en la oscuridad. Se distinguen tantos detalles que luego son aniquilados por el sonambulismo del sol. Te recuerdo niña, en otro año indivisible excepto por mí mismo. Tú te asomabas a un balcón como este y la ciudad no necesitaba simular un camposanto para serlo de verdad. Techos, muros, ropa raída sobre alambradas de púa, la voz matemáticamente exacta de unos seres queridos llamándote desde tu propio cuarto, una epidemia de semáforos sin electricidad, madrugadas aceleradas por la llovizna lunar. Ganas de tener ganas de reír, de llorar, de que amanezca de inmediato pero muchas veces antes de que amanezca del todo. La locura te preservaba íntima, intacta, intolerable. La inteligencia no es un don, es un despilfarro. Es tan amable la idiotez que imanta al resto de los mortales. Porque todos han muerto y todos de nuevo morirán. La memoria es un almacén de mentiras. Los árboles no te salvan de nada en la fantasmal línea claustrofóbica del horizonte. Tus árboles míos, nuestros, acaso de nadie. De raíces y sílabas sinuosas, de frutos ínfimos y efímeros como sueños menores de edad. Como yo. Árboles apócrifos de la patria perdida en algún pestañazo. Árboles arteros, ataúd de atardeceres. Maderas reiterativas de los mil y un milagros que han sobrevivido puntualmente a cada pesadilla de adultos. Como tú. Echo la cabeza hacia atrás. Me detengo sin haberme movido de mi posición, animal sésil. Abro los ojos y sigo un rato más a ciegas. Es insultante la imaginación. Sólo en la mudez queda aún esperanza. Sólo en el acto puro podría haber cura para nuestra enfermedad. Despierto. Eso es lo más difícil. Por un instante sé que hubiera sido feliz. Será tan fácil como un monosílabo afirmativo. Cipreses, cipreses, cipreses. Como un bostezo. Cipreses, cipreses, cipreses. No sé para ti.

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