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Archivo para Domingo, 23 de diciembre de 2012

NAVIDADES DE 2012

Domingo, 23 de diciembre de 2012 2 comentarios

PEACE POLICE REPRESSION CHRISTMAS CUBA 666

Esta plegaria
es
en realidad
un plagio.

La leyó
hace diez años
con su voz rota de ira
una muchacha
que moría de frío
junto a un manantial
sin nombre
en Matanzas.

Eran
las Navidades del 2002
y nosotros
nos despedíamos
de nosotros.
Ninguno pensaba
sobrevivir demasiado.

Era Cuba
y la tristeza iluminada
de cada diciembre
y el fin de año
crepitaba
en nuestros sexos
desolados
con un silencio
tan
atroz.

Ella quería morirse
pero no se atrevía a tanto
sentada
sola
en su larga mesa sin padres
después de días de miedos
que terminaron
en décadas de traiciones.

Yo hubiera querido
arrimarle la muerte
con mis manos de amarla
de untarle
la maravilla y la mentira del amor
pero no me atreví tampoco
y esa mediocridad
fue nuestro más mezquino miedo
y penúltima traición.

La recuerdo ahora
como entonces
leyendo su poema
Navidades de 2002.
Un poema de pinga.
Irrenunciable
instintivo
impronunciable.

Ella leía y lloraba.
Se desleía en un llanto
más bien fisiológico
sin otro motivo
que el de oírse leer en Cuba
su propio poema sin patria.

En un jarrito de lata
brindábamos con un vino de bodega
que se hacía sangre del niño dios
en cada buche
y en cada beso sin labios
sin que ni una gota
nos bajara
por la garganta.

Las paredes desnudas
como nosotros.
Del techo se ahorcaba
una mortecina pareja
de bombillos ahorradores.
En los televisores del barrio
resonaba la risa hueca
de un país proletario
esa mueca diabólica
que es toda patria a perpetuidad.

Estábamos excitados.
Estábamos locos.
Podíamos parir criaturas
sacadas de nuestras cabezas.
Protagonizábamos un evangelio doméstico.

Nunca antes el abismo de lo sagrado
nos miró desde tan dentro.
Cada acto mínimo
se inscribía enseguida en la eternidad.

A las doce de la noche
bajó la cabeza
sobre la mesa de formica
y se rindió.

Muerta de cansancio.
Muerta de palabras.
Muerta de tiempo.
Muerta de nosotros.
Muerta de traición.
Muerta de miedo.
Muerta de verdad.

La cargué.
La metí en su cama
como si fuera en un vientre
o un ataúd.

Apagué las luces de su casa
o cuna
o pesebre
en un barrio fluvial de Matanzas.
Me eché a sus pies.

La ventana abierta
a la relojería del cielo.
Las estrellas giraban
siempre en sentido contrario.

Entonces comencé a llorar yo
con ese silencio sucio
que asusta hasta a los suicidas.

Llorar de belleza
llorar de gratitud
llorar de humildad
llorar de perfección
y de ser efímeros.
Cuánto tiempo tardaré
en saber contar esto?,
pensaba.

Diez, cien o mil fines de año más?
Cuántas veces serán en Cuba
otra vez
aquellas únicas
Navidades del 2002?

A RAS DE SUELO EN LA HABANADA

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