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Una ceiba en Bahía
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Febrero 11th, 2009

Desde el 13 de agosto de 2008. hay un nuevo árbol en un parque del reparto Bahía, Habana del Este: una ceiba que trasplantaron los santeros oficialistas por la salud del máximo líder enfermo. Dicen que era el mejor día para plantarla.
La ceiba, que sobrevivió a plagas y ciclones en un patio habanero, fue donada antes de morir por una anciana madrina de santo, famosa por sus poderes. Dicen que en su altar tenía fotos de muertos de la revolución.
Antes que amaneciera el día en que Fidel Castro cumplió los 82 años (la misma edad que el árbol), en el mayor secreto y con solemnidad, los babalaos sacrificaron para los santos, gallos negros y una jicotea “que recogía todo lo malo”. Luego rociaron el tronco con la sangre de los animales.
Cuando salió el sol, trasladaron la ceiba consagrada al parque y la plantaron entre toques de tambores y cantos a Olodumare (en la religión yorubá es el Señor al que va nuestro eterno destino). Los cincuenta babalaos rogaron al poderoso orisha para que el comandante se reponga y viva tanto como el árbol. Después dieron dieciséis vueltas a la ceiba.
Una ceiba de 82 años es poco más que un retoño. Un árbol en su adolescencia. La reina de los palos sagrados del monte vive siglos. Dicen que los orishas castigan con severidad a los que osan tumbar una ceiba.
No creo mucho en esas cosas. Probablemente tampoco los que ordenaron la ceremonia. Puede que la prepararan “por si acaso existe algo” o sólo por cumplir con disciplina otra orientación del partido único. Pero no puedo evitar sentir cierta aprensión cuando mezclan a los santos venidos de África con el destino del país. Tal práctica nunca ha dado buenos resultados, todo lo contrario. Suele traer muerte y destrucción. Parece que los orishas rencorosos siguen sin perdonar que trajeran a sus hijos de África, encadenados y a latigazos, en los barcos negreros.
De nada valió para conjurar el baño de sangre y traer la paz, el gigantesco ebbó que organizaron los babalaos de Batista, en un stadium de la villa de Guanabacoa, un día lluvioso de 1958. Unos meses después, el dictador se dio por vencido, y sin consultar con sus brujos, se largó a la isla portuguesa de Madeira, a disfrutar los millones que robó.
En el Parque de La Fraternidad, en el corazón de la bravía Centro Habana, majestuosa y siniestra, se yergue otra ceiba. La mandó a sembrar el general Gerardo Machado, otro dictador, en 1928. Bajo sus raíces enterró el daño que echó a sus adversarios. Dicen los que saben de esas cosas, que el mega trabajo de brujería del general desgració a Cuba para siempre.
La ira de los tiranos suele ser terrible cuando los pueblos defraudan sus expectativas de grandeza. Algunas veces sus maldiciones, aún desde la tumba, cierran los caminos a la libertad y al progreso. Los condena a correr y nunca llegar.
La nganga de Machado contenía huesos de locos y asesinos, los mejores para la brujería. Además, tierra de veintiún países del continente americano que ligaron con tierra del cementerio y una piedra que recogieron de un lugar donde cayó un rayo.
La prenda era con todos los hierros y más judía que Moisés y Abraham juntos. La trabajaron un martes, para requerir los concursos del diablo. Los secuaces del general buscaron los más experimentados mayomberos y ganguleros del país. Los más viejos nacieron en África y aprendieron los secretos del Palo Monte en los barracones de los esclavos.
Machado, a punto de terminar su período presidencial, preparaba la prórroga de poderes. Tejía el cooperativismo y la reforma del código electoral. Enfermo de soberbia y vanidad, necesitaba seis años más para culminar su obra de gobierno. Pero la oposición se tornó cada vez más violenta. La cruenta represión no logró aplastarla.
El 12 de agosto de 1933, a bordo del avión en que huyó a Nassau, el generalísimo pronunció la maldición agorera: “Después de mí, el caos”. Otros dicen que lo que auguró fue el diluvio. No se sabe si de sangre o de mierda. De ambas cosas hubo en demasía.
Machado nos legó porristas, chivatos y guatacas. Devinieron instituciones nacionales, casi folclóricas, que aún tenemos que soportar. Pero de todo lo malo que el general egregio nos dejó en herencia, ellos (¡pobres diablos!) son los males menores.
Desde 1933 llevamos a cuestas el mesianismo revolucionario, el antiamericanismo patológico, el desencanto democrático, la intolerancia y el culto a la violencia. Todo ello condujo a un resultado inevitable: la revolución de Fidel Castro. Brotó como un genio embotellado de las frustraciones republicanas.
Una ceiba embrujada en un parque de Bahía pretende la eternidad para el comandante en jefe enfermo y su revolución en peligro. Un equipo de jardineros, babalaos y segurosos velan por ella. Aunque no crea en brujerías, hay parques de mi ciudad por los cuales prefiero no pasar.
Luis Cino
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