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Swinging Santa Amalia
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Julio 5th, 2009

“Resplandece con la escarcha
La rana muerta, en cuclillas,
En la senda del jardín.”
Richard Wright
Cuando Chamba entró en la nube algodonosa, sintió frío. Olía a éter y desinfectante. La luz que se filtraba por las hilachas le cegó. Se oían, cada una por su lado, dos trompetas. Sus sonidos, con sordina, parecían estar, como la luz, envueltos en algodón. Fraseaban caprichosamente dos melodías que a ratos se entrelazaban y se hacían una. ¿O serían dos radios que a la vez tocaban dos piezas de jazz de un mismo trompetista? Satchmo, Stormy weather y Saint James Infirmary Blues. Quizás por lo de la enfermería en el viejo New Orleáns, el dolor en el pecho o por la sangre que empapaba su camisa, Chamba descubrió que estaba en un hospital.
Entonces recordó que en la ambulancia, cuando se llevó la mano al cuello ya no tenía la cadena con la trompeta. Después ya no pudo más mover el brazo. Sintió angustia. Tenía la mente puesta en marcha atrás, como rebobinando…Primero fue el dolor. Su espalda chocó con un árbol. Se agarró la cadena. Con el otro brazo trató de parar el cuchillo. No le gustó la voz. Menos que lo pararan de madrugada, con unos tragos dados.
“Puro, ¿me dejas encender un cigarro?”, le preguntó un mulatito flaco de unos 18 años. Conocía su cara. Lo había visto por Mantilla. Siempre con otro grupo de muchachos, tan mal encarados como él. Tomando alcohol, buscando líos, oyendo a todo volumen aquel puñetero reguetón que no era música ni un carajo. “Puro, con el mayor respeto, ¿esa cadena es de oro?”, le preguntó una vez. ¿Fue él o algún otro de los muchachos? Hoy en día, todos se parecen…
Lo miró de reojo y siguió su camino. No le dijo si era de oro. Que lo averigüe, que pregunte al Pata. ¿Qué coño le importa? Con el mayor respeto ni un coño de su madre…Chiquillos parejeros. Si estaban puestos para quitársela y se volvían locos, tendrían que matarlo. Eso, si antes no se llevaba a algún singao por delante.
Todo el mundo tenía que ver con la cadena y la trompeta. No porque fuera idéntica a la de Sandoval o la del mismísimo Dizzy. En Mantilla y sus alrededores eran muy pocos los que sabían quién era Dizzy. Si acaso, sabían que Arturo Sandoval era un trompetista de los Irakere, “que tocaba de pinga y que se la había dejado a esta gente en los callos y se había ido pa’l Yuma”. Lo que volvía locos a todos estos come mierda, como si nada más importara, era el oro. Brillaba tanto cuando le daba el sol, que dolían los ojos y ardían de envidia y avaricia.
También tuvo envidia, hace 25 años, cuando vio la cadena en el cuello del Pata. Tanta envidia que se enfermó. Estuvo dos días con fiebre. No se podía parar de la cama. Dicen que con tanto mosquito, había un brote de dengue en La Habana. Deliró. Soñó con Elsa y con abuelo Ti Pierre. Elsa, linda y rica como siempre, con sus muslos de canela y los pezones de chocolate que atravesaban la blusa. Bailaban apretados. Se besaban y Billie Holiday cantaba en la victrola Lover man y luego, de pegueta, Crazy he calls me. ¿En el Johnny Dreams o el Two Brothers? Billie Holiday se calló cuando empezó el bateo, después Elsa regresó a la tumba.
Entonces oyó los tambores de Ti Roro y su abuelo le volvió a hacer el cuento del rey Henry I y la Ciudadela que había en las montañas de Haití más de cien años antes de que Ti Pierre se fuera de Gonaives para irse a cortar caña en Camaguey. Los cuentos del abuelo siempre lo animaban. La fiebre empezó a bajar, sintió hambre y Shangó, desde el altar, le ordenó que se levantara de la cama. ¿Qué pendejada era esa de la cadena, la envidia, los mosquitos y el dengue? Al día siguiente, se trepó al andamio como si nada.
Si alguien merecía tener la cadena era El Pata. Si alguien sabía bien en La Habana quien era Dizzy, era El Pata. No lo iba a saber si luego de tantos años de escuchar sus discos (tocando con Miles, con Charlie el Bird, con Sassie Vaughn), tuvo la sorpresa de ver aparecer un día en su casa al mismísimo Dizzy Gillespie. Live in Santa Amalia.
Pata no se cansaba de hacer el cuento. Fue al mediodía. Llegó en un taxi y se paró en la puerta, con una bolsa de nylon llena de regalos. Como un Santa Clauss negro, risueño y mofletudo. Venía con Turi, otro cubano (con cara de policía) y un negro americano barbudo que hablaba español y sudaba como un condenado. El Pata estaba en la cocina, terminando de sazonar los frijoles. Por poco se cae de culo cuando su ahijado el Turi gritó desde la puerta “adivina a quien te traigo, Pata” y vio a Dizzy y supo que no le estaban corriendo una máquina. Gillespie dijo “Aché, Salam Aleikum”, hizo algún chiste en inglés y le dio un abrazo de oso.
El Pata sólo atinó a decir: Ay, coño, man”. Luego, Dizzy sacó de la bolsa dos botellas de whisky, mientras canturreaba “I never get back to Georgia”. Viró un chorrito de bebida en el piso para los muertos, se tomó el primer trago y gritó “Manteca”. Luego empezó a monear y hacer piruetas en el centro de la sala, como cualquiera de los bailadores del barrio, mezclando el tap y el jitterburg con los pasillos de la rumba, la columbia y el guaguancó.
Así lo contaba El Pata. Mentiroso como carajo que era, nadie le creyó el cuento de que Dizzy estuvo en su casa, lo invitó a comer al Floridita, a una fiesta de santo en Centro Habana y a su concierto con Gonzalito Rubalcaba en el festival de Varadero. Creyeron que se había vuelto loco o había fumado marihuana ligada con alguna cosa rara que le trajeron la blanquita y el pelúo que lo visitaban para vender e intercambiar discos.
Nadie llegó a la casa mientras estuvo Dizzy, ningún vecino lo vio. Pero el Pata tenía la cadena con la trompeta -de oro macizo decía- como prueba irrefutable de la visita de Dizzy. Se la regaló por ser, además de padrino de Turi, el mejor entre los mejores bailadores de Santa Amalia y uno de los tipos que más sabía de jazz en La Habana. Además, su madrina de santo era la hermana de Chano Pozo. Estaba viejísima y vivía en el solar del África, en Centro Habana.
Con tremenda miseria pero con un aché del carajo. Sus seres eran para respetar. Cuando montaba muerto, hablaba en lengua lucumí y lo mismo se tomaba media botella de aguardiente de un tirón que se echaba al hombro al negrón más corpulento y jorocón del solar. Luego, volvía a ser la misma viejita infeliz que hablaba con un hilito de voz y apenas podía dar un paso sin el bastón de guayacán.
A los primeros que el Pata hizo el cuento de la visita de Dizzy fue a la Rubia y al Pelúo. Aparecieron con un disco de Miles Davis que los tenía locos. Se merecía un prajo y le pidieron permiso para fumar. Cuando se cansaron de repetir que Miles, Marcus Miller y Omar Hakim tocaban que era una barbaridad, empezaron a fajarse. La pareja se había separado varias veces, pero siempre volvían a empatarse. Entonces, se reprochaban sus infidelidades, como si hubiera modo de que pudieran ser fieles a otras cosas que no fueran los blues y el jazz. No se sabía quien pegaba más tarros a quien. Sospecho que ella ganaba en la competencia, enferma a la pinta como era, y con tantos negros alrededor (Chamba y el Pata incluídos) locos por las blancas.
El Pelúo hacía lo suyo, pero siempre estaba demasiado en nota para andar templando mucho. El Pata paró la fajazón. “Ayer por la tarde Dizzy estuvo aquí”, dijo. Más le hubiera valido no hacer el cuento. Se encapricharon en que El Pata los llevara a la fiesta en el solar del África para conocer a Dizzy. El Pata les explicó que sólo llevaría a los bailadores de Santa Amalia y a dos de sus ahijados. Ni siquiera invitaría a su jeba. No quería cargar con mucha gente, menos con blancos conflictivos. No quería ser tajante, pero se lo tuvo que decir. “Coño, eso es una mierda, padrino”, dijo el Pelúo. “Padrino ni cojones, yo no tengo ahijados tarrúos, váyanse pal carajo”.
De todas formas, la parejita se las arregló para aparecerse en el África el viernes por la noche. Llegaron con Caramelo, que se reía solo y traía los ojos colorados, y una trigueña alta con porte de tortillera. Llegaron primero que Natalia Bolívar, Miguel Barnet y Eusebio Leal, que nadie sabía si eran invitados especiales o se invitaron solos. Un chorro de policías y segurosos ya estaban allí. Los uniformados se quedaron en la calle. Los segurosos, que se notaba a la legua lo que eran, se regaron por el solar.
A Pata le gustaba recordar que Dizzy se gastó el dinero para que todo saliera Ok y la gente se sintiera bien. La Rubia y sus amigos dicen que no hubo tal fiesta ni tal Dizzy, sino que se vieron atrapados, con tremenda nota, en una redada de la policía. Que no fueron presos, porque la Rubia y la trigueña con tipo de macho, se templaron a tres o cuatro policías en la unidad de Zanja.
Pata prefería no discutir el asunto. No valía la pena discutir con semejantes arrebatados. Él tenía la verdadera historia. Dizzy iba vestido de blanco. El Pata también. Fue la primera vez que lució en público la cadena. Dizzy le tiró el brazo por encima y lo llamó “my brother de Santa Amalia”.
-“Y punto, monina, allá los envidiosos que no lo quieran creer…”
¡Qué tiempos aquellos!, comentaba El Pata a Chamba en las noches de apagón del Período Especial. Sólo se podía hacer eso: hablar. En la oscuridad, no se veían ni las manos. A veces no había keroseno para encender las lámparas. El calor y los mosquitos no dejaban dormir.
No habían pasado diez años de la visita de Dizzy (que había muerto en 1993), pero parecían treinta. La viudez, el hambre y el ron ‘chispa de tren’ habían convertido al Pata en un viejo flaco, que empezaba a arrastrar los pies y no podía disimular el desconsuelo.
Los dos amigos se ponían nostálgicos. Añoraban los viejos tiempos, como si hubieran sido realmente buenos. Cual si La Habana “de antes” hubiera sido el paraíso. Como si nunca hubiera existido la noche en que dos milicianos prendieron a Chamba al salir del Two Brothers. Andaban recogiendo chulos, putas y maricones, o la gente que se les antojara que lo fueran. Le encontraron un cigarro de marihuana en el bolsillo de la camisa. Le echaron siete años. Cumplió cuatro en La Cabaña. Los mayimbes lo llevaron pa’la loma, solía decir con ironía.
Cuando salió, ya no ponían jazz ni ninguna otra música americana en la radio o en los bares. Ni siquiera a Nat King Cole cantando El Bodeguero en español. Fue difícil adaptarse. Por suerte, quedaban los discos de jazz del Pata. Luego lo enviaron dos años a una granja por la Ley contra la Vagancia. Después que salió, iba con Elsa a casa del Pata los sábados por la noche y los domingos por la tarde. Varias parejas se reunían para escuchar jazz y bailar, con las ventanas cerradas y sin subir mucho el volumen del tocadiscos. Era mejor no tener problemas con el Comité de Defensa.
Muchos años después, pudieron desahogarse y hablar de esos malos tiempos con una periodista de la televisión que quería hacer un documental sobre los bailadores de Santa Amalia. Les puso viejas películas de Lena Horne y Cab Calloway y preguntó como aprendieron a bailar el jazz y otras boberías por el estilo. Ella no quería buscarse líos. No quería ni que nombraran a Sandoval y al Bebo Valdés. Les rogó que ni mencionaran a Paquito De Rivera. ¡Como hablar de jazz en Cuba sin mencionar a Paquito y las descargas del Johnny Dreams!
Con la gente de la televisión, Chamba no habló de La Cabaña ni del tiempo en que tuvo que esconder sus collares y los santos. Tampoco habló de Elsa. Triste historia.
Chamba estaba saliendo con una blanca y la mulata se puso insoportable con los celos. Había perdido una barriga después que Chamba salió de la cárcel. Estaba tan pesada que pensó en dejarla. Estaba indeciso porque Elsa, a pesar de sus majaderías, le gustaba mucho. La segunda noche que no durmió en su casa, fue en los carnavales del 70, Elsa se dio candela. Murió 12 horas después en el hospital Calixto García. Chamba no tuvo valor para verla en la caja. Hizo bien. Siempre la recuerda viva, la más linda de Párraga, bailando tan sensual y ligera como nadie. Imitando a la divina Sarah Vaughn con el tarareo de “somewhere over the rainbow” en su inglés inventado. Loquita, con los ojos chinos…Chamba siempre tiene un vaso de agua puesto por el descanso de su alma y para que lo perdone.
La blanca no siguió con él. Estuvo más de un mes sin ir por su casa. No quería verla. No tenía ganas de estar con ninguna mujer. Le remordía la conciencia. Ella no lo buscó. Cuando apareció, le dijo que tenía otro, que no volviera, que si no se veía muy negro y muy feo…
-¡Puta de mierda! ¡Hija de puta! ¡Fue por tu culpa, cojones!- gritó y asustó al médico y a la enfermera con el grito que estremeció la sala de terapia intensiva.
-¿Qué pasó, nagüe?-preguntó un policía desde la puerta del salón.
-Tranquilo, Bobby, tranquilo, es el viejo de las puñaladas -contestó la enfermera y le guiñó un ojo.
Después tuvo otra mujer. Duró casi diez años con ella. Se fue por el Mariel, sin avisar ni despedirse. Fue entonces, cuando ya tenía 49 años, que recogió a una muchacha de 19 que venía de Jiguaní. Cuando lo dejó por otro, ya tenía más de 55. No eran tiempos buenos para mantener a una mujer y decidió que sería mejor, cuando tuviera ganas, pagar una puta. Era mucho más económico y sin complicaciones. A veces eran comprensivas y se hacían las enamoradas. Una bayamesa que le recordaba a Elsa, o la Rubia, que ya no era una muchachita ni andaba con el Pelúo, lo acompañaban a casa del Pata y luego de unos alcoholes, bailaban y se dejaban besar y sobar las nalgas al compás del jazz. Uno iba a la cama luego con bastante deseo e inspiración.
Todavía se mantenía en forma, sólo que mucho más flaco y tratando de disimular con una gorra negra, estilo bolchevique, que empezaba a quedarse calvo.
Fue una noche de apagón que hablaban de apuros económicos (otra vez más) que Chamba quiso comprar la cadena al Pata. Contaba con el dinero de un parlé que se había sacado. Su amigo abrió los ojos y exclamó:
-¿Estás loco, Chamba? Me la regaló Dizzy. No la vendo, asere, ni aunque me esté muriendo de hambre.
El Pata no se murió de hambre, sino de cáncer, varios años después. Diez después que Dizzy, para ser más exacto. Murió cuando mejor estaba. A medida que apretaba el período especial, iba más gente a tirarse los caracoles, a hacer iyabó o a encargar trabajos para irse del país.
Cuando el médico le dijo que le quedaban meses, repartió sus santos y los discos de jazz entre la Rubia y uno de los bailadores de Santa Amalia. Luego, mandó a buscar a Chamba y le regaló la cadena.
-Cógela. Nadie se la merece más que tú- le dijo.
-No, coño, pero así no, tú te vas a poner bien, ya tú verás que hay Pata para rato…
-No comas mierda. Yo estoy jodido, Chamba. Oye, sólo quiero que la cuides, aunque no sea de oro…
-¿Cómo que no es de oro?
-¿Qué cojones oro, Chamba?
-Pero, ¿no la trajo Dizzy? ¿No es verdad que Dizzy estuvo en tu casa?
En ese momento, el Pata empezó a toser y a escupir sangre. La Rubia y el Chamba lo ayudaron a llegar a la cama y lo acostaron. Ya no habló más. Lo tuvieron que ingresar. Estuvo dos días en coma. Murió la víspera de San Lázaro.
-Muchacho del coño de tu madre, suelta mi cadena. Es de oro, cojones, y la trajo Dizzy Gillespie. Díselo tú, Pata, para que no coma más mierda…
-¿Pero qué pinga habla este negro, compay?- exclamó el policía- Lo mismo grita que canta en inglés. ¿De qué cadena habla? ¿Qué dice, dici, qué es eso, nagüe?
-Estará hablando en inglés…Yo qué coño sé - respondió el otro policía, que estaba entretenido con los muslos y las nalgas de la enfermera, cuando trajeron a toda velocidad las dos camillas, precedidas por más policías.
-¿Y ahora qué fue, nagüe?- dijo el primer policía, compartiendo su atención entre los gritos del viejo, las dos camillas, las caras patibularias de los dos heridos (un mulato y un negro, casi adolescentes) y el reguero de sangre que iban dejando en el piso del cuerpo de guardia.
-Dos muchachos se tasajearon a machetazos en La Palma por una cadena de oro que arrebataron a un viejo en Mantilla -explicó otro de los guardias. Lo más jodido es que la cadena no aparece. Tenemos un chiquito en la unidad que dice vio que se la llevó un negro gordo canoso, bien vestido, que hablaba con acento extranjero, daba brincos y gritaba ¡manteca!
-¡Mi cadena, cojones!-gritó el Chamba. Gastó las últimas fuerzas en el intento de hacerse escuchar. Dentro de la nube, aumentó el frío y la oscuridad. El sonido de una trompeta que tocaba A night in Tunicia se alejó despacio hasta apagarse. Se fue en fade, hubiera dicho el Pata.
Escrito el 14 de diciembre de 2008.
Foto: Dizzy Gillespie en 1982, fs999, Flickr.
Con olor a fritanga
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Junio 11th, 2009

En los 90, durante los años del “período especial”, tuve que recurrir a los remedios caseros y los cocimientos con yerbas, flores y palos que recomendaban las abuelas, los curanderos del monte y un folleto oficial que pretendía prepararnos para sobrevivir cuando llegara la Opción Cero. Poco faltó, mas por suerte, ésta no llegó. El “período especial” nadie puede asegurar con certeza que terminó, pero a falta de medicinas, seguimos con los inefables remedios caseros.
Aunque flaco y fumador empedernido, soy un tipo saludable. No soy dado a tomar medicamentos y menos a acudir al médico si no es en caso de extrema necesidad. Mis motivos tengo. Sé como funciona el tan ponderado sistema de salud gratuito de mi país para los que no somos extranjeros ni tenemos recomendación o un pariente o amigo en el hospital. Por eso, eludo los hospitales como el diablo a la cruz.
Pero hace unos días tuve que acudir al cuerpo de urgencias del Hospital Calixto García. No podía soportar más el dolor en el oído derecho. Aguanté todo el fin de semana. ¿Para qué ir a un hospital cubano un sábado o un domingo si no es con un tiro, una puñalada o arrollado por una guagua?
Una aglomeración de pacientes esperaban en una larga y desorganizada cola para ser atendidos. En toda la ciudad, sólo el hospital Calixto García, en El Vedado, tiene cuerpo de guardia de otorrino-laringología.
Apestaba a mierda y a creolina. Camillas y sillas de ruedas trataban de esquivar el gentío.
Una mujer vestida de Iyabó, con los collares de Ochún y Obbatalá, refería que a su hijo, cantante de timba, habían querido extirparle las cuerdas vocales. Resultó que no tenía cáncer. Logró salvar la voz gracias a la intervención providencial de un médico amigo suyo. Recientemente, gracias a la influencia de otro amigo, logró grabar un disco en Bis Music.
Un hombre que decía tener clavada una espina de pescado en la garganta, gritaba que lo suyo era un caso de vida o muerte. Los médicos no lograban localizar la dichosa espina, pero el hombre exigía ser atendido de nuevo.
Un joven preso, muy flaco y demacrado, descalzo y sin camisa, al que le pasaban un suero, que sostenía en la mano, recorría la sala a trancos, fumando como una chimenea, vigilado por dos policías.
Una pareja de jóvenes esculturales se besaban con desesperación en un rincón. Un barbudo con cara de profeta bíblico auguraba que si la influenza porcina llegaba a Cuba, “Dios no lo quiera, con el hambre y la cochinada que hay, van a tener que recoger los muertos en camiones”.
Luego de más de cuatro horas de espera, cerca de las tres de la tarde, logré que me atendiera una doctora. La consulta duró menos de 10 minutos, incluido el tiempo que demoró en anotar mi nombre y el municipio donde resido. Revisó mi oído y me regañó con dulzura porque “los oídos se limpian con los codos”. Eso mismo decía mi padre, que también era médico.
La doctora me recetó echarme aceite tibio en el oído cada 8 horas. Exactamente como cualquier vieja del barrio me hubiera recomendado. Y tomar aspirina para aguantar el dolor.
-¿Y más nada, doctora?- le pregunté anonadado.
Me explicó, con amabilidad y tristeza, que no había medicinas para el oído. Yo era el paciente número 116 que atendía ese día. Afuera, la cola rugía de impaciencia. La joven doctora estaba de guardia hasta el día siguiente. Paró apenas media hora para almorzar. Calamares y arroz. Los calamares estaban duros y mal condimentados, me comentó.
No me atreví a quejarme. ¿Qué podía decir que ella no supiera?
Me dio turno para la consulta del viernes por la tarde, cuatro días después. Ese día, a esa misma hora, se casaba el mayor de mis hijos. Para poder asistir a su boda, tuve que cambiar el turno para la próxima semana. No había posibilidad de que me atendieran antes.
Más de siete días aguantando terroríficas punzadas en el oído derecho, del cual no oigo absolutamente nada. Ni siquiera el insufrible reguetón y las amelcochadas melodías a todo volumen que se escucharon en la boda.
Mi oído chorrea aceite y apesto a fritanga con orégano, pero no mejoro. Ni los más osados de mis vecinos (una enfermera entre ellos), se atreven a coger una jeringuilla y hacerme un lavado de oído. Temen lastimarme el tímpano más de lo que pudiera estar. Sólo me queda esperar por la consulta en el Calixto García. Espero no quedarme sordo.
En caso que suceda, prefiero pensar que será un castigo divino por escuchar demasiada música rock o desobedecer los consejos de mi viejo.
Luis Cino
Todo lo que no se debe hacer
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Mayo 30th, 2009

Asistimos a la duplicación de organizaciones, las crisis en el seno de proyectos que parecían consolidados, el aumento de los conflictos entre la disidencia interna y el exilio, la improvisación y el voluntarismo, la exacerbación de los protagonismos, la paranoia y las descalificaciones a los que piensan distinto.
Pareciera, a juzgar por las frecuentes acusaciones de “segurosos” intercambiadas entre opositores, que aumentó notablemente en los últimos meses la nómina secreta de los agentes de penetración de la Seguridad del Estado.
Tropezamos, una y otra vez, ay Julio Iglesias, con la misma piedra. Y el régimen gana con cada uno de nuestros errores, a los que no es ajena de ningún modo la mano de su policía política. Como se dice en mi barrio, “está ahí, gozando, echándose el prisma”.
Conflictos que brotan como hongos amenazan la estabilidad y supervivencia de algunos de los frentes que más preocupan al régimen: las Damas de Blanco, el Proyecto de las Bibliotecas Independientes, la campaña por una sola moneda de FLAMUR. Agenda para la Transición boicotea el suministro de informaciones a Radio Martí. La coalición opositora tiene razón en muchas de los cuestionamientos que plantea. Pero, ¿será ahora el mejor momento para ventilar viejos agravios con la emisora?
TV Martí no se puede ver en Cuba. Exacto. El caso de Radio Martí es muy diferente. Su programación no es la mejor, repite demasiado los programas y la interferencia electrónica le mete un ruido infernal. Pero se oye en Cuba. No por gusto el régimen invierte una suma millonaria en interferirla. Su eventual desaparición nos haría retroceder, casi 25 años atrás, a los tiempos en que la disidencia al régimen no tenía voz. Ni mala ni regular. Ninguna.
Un documento que circula por La Habana atribuye el estancamiento de la situación cubana al hecho de que se desoyeron las iniciativas propuestas en agosto de 2007 por el Partido Cubano de Renovación Ortodoxa y la organización radicada en Puerto Rico Operación Liborio. El documento tiene razón en algunos puntos, tales como en la reticencia de algunos opositores (en Cuba y el exilio) a auto-regularse y aplicar en sus filas la democracia por la que dicen luchar.
La oposición, por disímiles factores, dista todavía de ser una alternativa de poder. Si ahora mismo el gobierno aceptara dialogar para formar un gobierno provisional de transición, tal como andamos por la disidencia (dios quiera me equivoque) sólo puedo imaginar un peligroso vacío de poder de incalculables consecuencias.
Pero los autores del documento, como buena parte del exilio, confunden sus deseos con la realidad. Peor aún, subestiman a los disidentes en Cuba. No son todos los que aspiran a conseguir visa de refugiado político para irse del país ni a vender los equipos que reciben de las organizaciones exiladas. Quizás fue su modo de salir de Cuba y por eso lo dicen.
Los líderes opositores deben ser (de hecho lo son) capaces de asumir riesgos y sacrificios. Eso no implica que necesariamente tengan que tener madera de héroes. Importan más su prudencia, previsión y habilidad política. Arreglados estaremos si desde ahora empezamos a buscar héroes de balaceras, gritones pendencieros y caudillos carismáticos.
Tampoco necesitamos mártires. Suficiente martirio hay ya en las dantescas prisiones cubanas. Saturar la represión es una estrategia de lucha que se aconseja fácil desde Miami. Con tanto come candela como anda suelto por allá, pudieran agarrar sus botes y yates y poner proa a Cuba. Tal vez el presidente Obama (a quien algunos atribuyen una varita mágica) permita el éxodo masivo a la inversa. Entonces, entre todos, saturaremos la represión más rápido y crearemos la ingobernabilidad.
Luis Cino
Papito Serguera
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Mayo 28th, 2009
La presencia del ex –fiscal y ex –director del Instituto Cubano de Radiodifusión, comandante Jorge Serguera, la noche del 13 de diciembre de 2006 en el programa televisivo del cantante Alfredo Rodríguez, fue uno de los detonantes de la tormenta de los e-mails. Por aquellos mismos días, en otro programa de la televisión habían entrevistado a Luís Pavón, el ex jefe pretoriano del Consejo Nacional de Cultura.
Fue demasiado. No podía ser casual. Pareció un intento de sacar a los represores estalinistas de los años 70 del plan pijama para quitarles el polvo y rehabilitarlos. Muchos artistas e intelectuales que fueron víctimas de las torvas directivas de ambos comisarios temieron la vuelta de los horrores del Decenio Gris. Entonces estalló la tormenta de los e-mails.
No fue más que una tormenta en un vaso de agua. Un revuelo en el gallinero de una cultura con comején. Se aplacó nada menos que con el recordatorio por el inefable ministro Abel Prieto de las Palabras a los Intelectuales de Fidel Castro en 1961… “Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”, hubiera dicho Joaquín Sabina.
Jorge Serguera, de 76 años, murió el 3 de febrero de 2009 en La Habana. No tuvo honras militares. Fue cremado y la ceremonia fúnebre fue “estrictamente familiar”. Serguera había pedido que fuera así. Lo decidió como quién no quiere molestar y mucho menos asustar.
Hace dos años, en el ambiente kischt programa La Diferencia, Papito Serguera confesó a Alfredo Rodríguez que le gustaban los boleros, las canciones de Paul McCartney y Elvis Presley y el caviar. Declaró además que sólo lamentó no haber cometido mejor sus errores. Porque él no fue el único que cometió errores, advirtió.
Tenía razón el comandante Serguera: él, como buen militar, sólo cumplió órdenes. Las cumplió cuando pretendió emular en tribunales jacobinos con el fiscal Vishinsky enviando hombres del antiguo régimen al paredón. También cuando hizo, a disgusto, como castigo por deslices diplomáticos y no siempre como un ogro, las funciones de censor de los artistas de la radio y la televisión entre 1966 y 1973.
Allá los hipócritas, oportunistas y socarrones que se contentaron con fingir que creyeron que Pavón y Serguera fueron un par de monstruos absolutamente culpables de todos los desmanes del Decenio Gris.
En realidad, sólo fueron los chivos expiatorios en que recayó el exorcismo de una etapa bien oscura. No importa el empeño y el entusiasmo que pusieran en la tarea asignada, Luís Pavón y Jorge Serguera no tuvieron el poder de decidir políticas de Estado. Sólo ejecutaron disciplinadamente las órdenes que recibían “de arriba”. Los tormentosos de los e-mails lo sabían bien. Sólo que fue más fácil y seguro jugar con la cadena que con el mono.
Ahora que Pavón regresó al pijama y el comandante Serguera, que una vez quiso erradicar el vocablo intelectual del idioma de la revolución, se fue discreto al otro mundo, ¿podrán realmente respirar, disfrutar sus premios y dormir a pierna suelta, los defenestrados y parametrados del Decenio Gris? ¿Acaso ya no habrá nada que temer?
Luis Cino
Foto: 1959, Joseph Scherschel, Life.
Las orillas de la utopía
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Mayo 19th, 2009

El historiador Francois Furet, un estudioso de la Revolución Francesa, no tendría mayor problema en ubicar el actual derrotero de la revolución de Fidel Castro: los sucesores se alejan de “las orillas de la utopía”. Reman con la vista puesta en intereses de todo tipo. Aprovechan el capital simbólico del Comandante retirado y mantienen (con ligeras variaciones en los timbres orquestales) la obstinada retórica de los últimos 50 años.
No es el 10 de Termidor. No por ahora. Es probable que tampoco haya 18 Brumario. No se sabe. Eso que 50 años después se empeña en seguir utilizando el nombre de Revolución Cubana (¿imaginan a Brezhnev en la Plaza Roja de Moscú en 1967 diciéndo que timoneaba la Revolución Bolchevique?) no se parece mucho a otras revoluciones.
En todo caso, la revolución cubana, más que a la Revolución Francesa, se parece a la mexicana, en la que Pancho Villa nombró generales a todos los de su tropa antes de atacar territorio gringo y el PRI fabricó una dictadura con disfraz y maquillaje casi perfectos.
De eso se trata. Raúl Castro y los generales cubanos lo saben. Los gobiernos latinoamericanos que tiran la toalla al régimen de sucesión, también.
En el socialismo con pachanga que decía Raúl Roa ha habido rasgos de todas las revoluciones: NEP, purgas estalinistas, revolucionarismo trotskista-guevarista, revolución cultural. Todo decidido según las previsiones y los cambios de talante del Comandante en Jefe.
En Cuba, el terror revolucionario culminó con un proceso de institucionalización a la soviética. Ahora, Robespierre está enfermo y apenas quedan (si es que alguna vez hubo) jacobinos. Hay una élite que habla más de marketing que de ideología y saca sus cuentas en divisas convertibles.
A la jet set histórica se sumaron generales convertidos en gerentes y tecnócratas de nuevo cuño. Casi todos emparentados y vecinos en sus barrios lujosos y segregados. Comparten negocios y privilegios, vacacionan en sus playas y cotos de caza y hacen las compras en Tercera y 70 o las tiendas del Consejo de Estado. Son burgueses que apenas tienen clase ni gusto, pero sí astucia. Más que una clase política profesional, conforman una oligarquía dispuesta absolutamente a todo con tal de mantener el poder absoluto.
La casta conservadora, a costa de congelar el tiempo a su conveniencia, habla el lenguaje de la revolución. Mantiene, como seña de identidad, el patológico desafío al imperialismo yanqui. Proclama, como un talismán, la fidelidad al legado del Comandante. Mientras tanto, oye proposiciones y las analiza con pragmatismo. La barca se apresta a cruzar otros mares de locura. A su espalda, envuelta en la bruma, deja las orillas de la utopía.
Luis Cino
Foto: Mariel. Robin Thom, Flickr
Salida definitiva
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Mayo 8th, 2009
Espero nunca me obliguen a ir de Cuba. No soy particularmente nacionalista (no me gusta el son y me aburren los frijoles negros), pero la vida que se ha vivido no es una camisa que se cambia cuando está sucia. No se vive largando el pellejo como un reptil en época de muda. Vivir lejos de mi gente y mis lugares sería como morir por anticipado, con la certeza de que hay otra muerte por delante, la definitiva. Ya lo dijo Raúl Rivero, un poeta amigo con el que suelo coincidir: “Irse es un desastre”.
Para empeorar las cosas, el que sale de Cuba por más de once meses, además de perder su casa y todas sus pertenencias, va con un castigo adicional: llevar en el pasaporte la frase “salida definitiva”. La acuñaron funcionarios de un régimen egoísta que se arroga el monopolio de la patria.
No me quiero ir, nunca aceptaría venir de visita a Cuba. Sé que aunque disguste a los dueños de mi patria, no voy “a portarme bien”. Diré lo que tenga que decir como mismo lo digo ahora. No voy a pedir un humillante permiso, en una embajada administrada por segurosos, para entrar a mi país. Entro y salgo de mi casa cuando me da la gana. ¿Por qué no voy a hacerlo en mi patria?
Emigrar o fijar residencia temporal en otro país es un derecho consagrado por el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. En Cuba se viola ese derecho, como casi todos los demás de la Declaración, que es considerada casi subversiva. La versión oficial insiste en que la mayoría de los cubanos que se van del país, lo hacen como la mayoría de los inmigrantes del Tercer Mundo: por motivos económicos. No obstante, las autoridades aplican el aberrante concepto de la salida definitiva. Los balseros tienen que esperar varios años para que se les conceda permiso para visitar Cuba.
En absurdidad, las leyes migratorias cubanas sólo se comparan a la ley de peligrosidad social pre-delictiva. Constituyen engendros fascistas que costaría defender a los más convencidos partidarios de la revolución de Fidel Castro. Pero siguen ahí, en franco y testarudo desafío a todo lo que es justo, humano y racional.
Hace casi un año, corresponsales extranjeros acreditados en La Habana dijeron que el gobierno cubano estudiaba flexibilizar su legislación migratoria para eliminar los permisos de entrada y salida del país. Luego del frenazo, nada se habla del asunto. El destierro a perpetuidad es una tortura sicológica. En los tribunales que juzgaron a los cabecillas nazis, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los jueces aliados consideraron las deportaciones como crimen de lesa humanidad.
Siendo como somos, privar de su patria a un cubano es un pecado grave. En la época colonial, el destierro era, después de la muerte, el peor castigo que podían imponer las autoridades españolas a un independentista. Hoy, el destierro es la condición que pone el régimen cubano para liberar a algunos presos políticos y de conciencia cuando hace algún cambalache diplomático.
Adrián Leyva, un periodista independiente de Palatino, La Habana, se fue a Miami en el año 2005. Anunció que retornaría antes de dos años. Demoró un poco más, pero volvió a Cuba el pasado año. Venía para quedarse, pero en octubre del 2008 las autoridades lo sacaron del país por la fuerza.
Adrián no se resigna a vivir fuera de Cuba. Por el derecho de todos los cubanos a poder regresar a su país, ha escrito cartas a jefes de estados latinoamericanos, al Vaticano, la Unión Europea y al propio gobierno cubano. “Si no defendemos el derecho a la nación que nos pertenece, ¿de qué vale defender lo demás si lo primero es el ser humano y el concepto de nación y familia?”, me pregunta Adrián en un e-mail. Adrián Leyva, habitualmente un tipo moderado, advierte que si no hay otro modo, desembarcará en cualquier punto de la costa cubana: “No por desafiar al gobierno sino por el derecho natural que me asiste. Y que pase lo que pase”.
Aunque no conozco personalmente a Adrián Leyva, por sus correos sé como se siente. Me temo que, de un modo u otro, regresará.
Luis Cino
Las cuentas del deporte
Posted by Desde La Habana in La esquina de Cino on Abril 5th, 2009
Para nadie es un secreto. Cada vez todo se hace más comercial y transnacional: el cine, la música, la literatura. También el deporte. Tan lucrativa y cosmopolita mercancía es un disco de Shakira como los goles de Beckham y las brazadas de Michael Phelps.
Para aumentar sus ventas, Nike, Coca Cola, Mc Donald’s, Evonik y Gazprom patrocinan eventos deportivos. Visa se encarga nada menos que de la Copa Mundial de Fútbol y las Olimpíadas. Ambas son marcas registradas.
En los Juegos Olímpicos de Beijing, la NBC invirtió más de 1 000 millones de dólares en promover sus transmisiones de televisión exclusivas para los Estados Unidos. Para bien o para mal, gústenos o no, la comercialización del deporte es otra de las realidades de la globalización capitalista.
El gobierno cubano, paternalista y posesivo, protege a sus deportistas de la mercantilización. Los encierra en una urna blindada. Intuyen conspiraciones y trampas de la mafia de Miami y el imperialismo yanqui detrás de cada medalla que pierden. Está dispuesto a todo, incluso a perseguir con rancheadores extra territoriales, para evitar que sus atletas se vayan tras los cantos de sirena del Primer Mundo.
Los mandarines verde olivo se empeñan en que sus deportistas sean a perpetuidad mal pagados amateurs profesionalizados. Chantajeados soldados y propagandistas del régimen que despedidos por discursos dramáticos y grandilocuentes, salen a competir como si partieran a la guerra. Viajan, de la aséptica burbuja ideológica al mundo exterior, custodiados por un séquito de segurosos.
Mientras prueben lo contrario, todos los deportistas cubanos son sospechosos de deserción. Para integrar selecciones que participen en series domésticas o torneos internacionales, tienen que probar que son incondicionales. Esa es su mayor preocupación. La confiabilidad importa tanto o más que los rendimientos deportivos.
Se supo que en diciembre las autoridades congelaron la cuenta bancaria en divisas de Eduardo Paret, uno de los mejores short stop del béisbol cubano. Al parecer, el pelotero se hizo sospechoso. Paret y su esposa viajarían a México para someterse a un tratamiento contra la infertilidad.
Nos quedamos con las ganas de presenciar en Beijing el duelo entre Liu Xiang y Dayron Robles. El vallista chino se lesionó una pierna y no pudo competir. Sus piernas están aseguradas en millones de dólares. Los camaradas chinos, como parte del socialismo de mercado, también sucumben a las tentaciones del deporte rentado. Robles, por su parte, regresó a La Habana para jurar lealtad a los Jefes y aclarar que la carta que firmó por la libertad del Tíbet fue sólo una confusión, un mal entendido.
Los deportistas cubanos no tienen representantes, cuentas bancarias en dólares, seguros millonarios ni blogs en internet. No tienen que robar tiempo a sus entrenamientos para sesiones de fotos y comerciales de refrescos en periódicos, revistas o televisión. Sólo se les exige que de vez en cuando reiteren su lealtad al régimen en las entrevistas o algún que otro spot televisivo. O que, tan pronto pisen el aeropuerto de Rancho Boyeros, dediquen emocionados sus medallas “a Fidel y la revolución”.
Más allá de las nóminas por las que cobran sus salarios, el Estado recompensa con lo que puede. Un auto, una casa, algunas prebendas. O un diploma, las gracias y el estrechón de manos de algún mandamás. ¿Acaso necesita algo más un deportista revolucionario?
Luis Cino


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