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El tema indígena en el cine cubano: ¿un vacío absoluto (tercera parte)

por José Antonio García | enero 27, 2010

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Un hito de especial significación en la historia del cine cubano sobre tema indígena lo constituye el documental Una herencia (1976, 26 minutos, en colores), del cineastaSantiago Villafuerte. Es el primer testimonio fílmico que muestra la presencia de descendientes de indocubanos entre la población campesina de Cuba. Una herencia es la primera obra cinematográfica que se interesa por el difícil tema de la palpable herencia indígena en ciertos sectores de la población cubana actual, y en su cultura. Villafuerte va en busca de los descendientes de indocubanos que habitan en esa intrincada región de las montañas de Yateras (en la provincia de Guantánamo), para testimoniar ese fenómeno sociocultural, asombroso para la mayor parte de los espectadores de entonces, y aún de hoy. El documental tiene además la virtud de presentar sendas entrevistas a dos de los científicos cubanos más prestigiosos relacionados con los estudios del tema indígena cubano: el antropólogo y arqueólogo Dr. Manuel Rivero de la Calle, entonces Director del Museo de Antropología Luis Montané de la Universidad de La Habana y profesor en dicha institución, y el experimentado arqueólogo de la Academia de Ciencias de Cuba Dr. José Manuel Guarch Delmonte, ambos ya fallecidos. Sus testimonios basados en investigaciones científicas rigurosamente realizadas por ellos (las de Rivero, relacionadas con la pervivencia étnica y cultural indígena en un sector campesino de la población cubana contemporánea), así como los testimonios de dichos descendientes de indígenas (hoy mestizos) estudiados, al parecer estimularon a Villafuerte para continuar explorando los testimonios culturales de ese sector de la población cubana.

Altar de cruz (documental en colores de 14 minutos),Una fiesta de changüí (también en colores, de 11 minutos) yLos dueños del río (igualmente en colores, de 12 minutos), son tres obras para cine realizadas también por él en 1980, con las imágenes grabadas durante su extenso y aventurado recorrido por la zona oriental cubana. Villafuerte es atraído por todo lo que, según su fina intuición artística (ahora apoyada por la vivencia de haber conocido a verdaderos descendientes de indocubanos), intuye que puede tener un antecedente indígena. De aquí que, en Altar de cruz, sin llegar determinar los detalles de procedencia indígena contenidos en la ceremonia (sólo al alcance de antropólogos especializados), toma testimonio de cómo se llevan a cabo tradicionalmente las mismas entre las familias campesinas guantanameras. Indaga sobre su origen religioso (católico) y sobre la forma acriollada en que se celebran desde hace mucho tiempo. Es también este documental el primer testimonio audiovisual de tan añeja y acriollada ceremonia religiosa popular, nunca antes grabada y hoy prácticamente desaparecida; de aquí otro mérito para esta obra.

Una fiesta de changüí vibra en la misma cuerda que percibe resonancias de los antepasados indígenas en expresiones diversas de la cultura espiritual cubana. De nuevo la obra de Villafuerte señala derroteros para el hallazgo de ancestrales raíces, esta vez en la música tradicional popular cubana. El changüí, género de baile y canto muy popular en amplias zonas rurales sobre todo del oriente cubano, constituye un motivo de interés para la búsqueda de las raíces más remotas de lo cubano. El tema del documental pasa muy de cerca junto al tema de una posible herencia indígena que poco más de un siglo después volvería a ser investigada.

Los dueños del río se propone dejar testimonio de una peculiaridad de la zona, simple pero singular: los campesinos que viven junto al río Toa, en Guantánamo, y que se dedican a navegar por el mismo transportando mercancías y personas. Pero aunque aquí son vistos sencillamente como pescadores u hombres del río, el espectador no puede evitar sentir la atmósfera de evocación indígena que transmiten tanto los hombres de ese lugar (muchos realmente descendientes lejanos del aborigen),como el entorno, e incluso las embarcaciones que –como antes el indígena– fabrican con sus propias manos, y a las que denominan “cayucas”. Hoy sabemos que las cayucas son allí el recuerdo de las canoas indígenas que durante tantos siglos navegaron por esas mismas aguas.

En esa década de los 80, la cinematografía cubana sobre tema indígena cuenta con cuatro títulos que, si bien no se refieren al indocubano, al menos apuntan al indígena étnicamente vivo y diferenciado que vive en otras naciones de América, ya que son coproducciones con dos de esos países. De Perú suman tres, donde el indígena constituye parte mayoritaria de la población del territorio y lucha por sobrevivir como ser humano, al tiempo que mantiene su cultura ancestral. El otro fue realizado en Ecuador. De ellos el primero en esa década fueEl viento del ayahuasca (1982, de 86 minutos y en colores), dirigido por Nora de Iscue, que relata una curiosa historia de amor resultante de la religión indígena en la región de la Amazonia peruana; el segundo es En la tierra de los awajunti (1984, en colores, de 21 minutos), dirigido por Alberto Durant, el cual trata sobre la supervivencia de los indígenas awarunas (de la Amazonia peruana también), quienes ven afectados sus modos de vida tradicionales por los cambios que se introducen en su hábitat. El tercero se titula Éxodo sin ausencia (1985, de 12 minutos, en colores), a cargo del cubano Jorge Luís Sánchez, donde se revela cómo la comunidad ecuatoriana de los puesetus lucha por conservar sus ancestrales tradiciones culturales a pesar de verse en la necesidad de emigrar a la ciudad. Y por último, el documental Rimac Tampu (un viaje al pasado), (1989, de 20 minutos y en colores), fue realizado por Rafael Delucchi, y en él se ofrecen testimonios de la pervivencia de la cultura espiritual indígena del Perú (sus mitos y leyendas), a pesar de los estragos causados a ese pueblo por el colonialismo y la imposición de la cultura occidental moderna.

Volviendo al tema del indocubano en la producción cinematográfica nacional de los años 80, existen dos cortas producciones que aunque tampoco se refieren directamente a dicho asunto, lo rozan superficialmente, o lo contienen de manera implícita. Estos son El bohío (1984, de 9 minutos, en colores): dibujo animado dirigido por Mario Rivas, quien utiliza ese típico modelo constructivo de vivienda campesina cubana (herencia de los indocubanos, después modificada) como motivo reiterativo para discursar sobre momentos fundamentales de la historia de Cuba desde la etapa colonial hasta 1959; y Un día fui (1987, de 14 minutos y en colores), bajo la dirección de Guillermo Centeno. Este se realiza en la pequeña ciudad de Baracoa, y trata sobre su añejo origen indígena, sobre el significado de su nombre aborigen, pero sobre todo sobre su gente de hoy, descendientes muchos de ellos de la herencia étnica y cultural aborigen – cómo viven y cuán hermoso es el entorno donde se desenvuelve esa población.

En esos años, Modesto García vuelve sobre el recuerdo de los indocubanos y realiza un muy breve documental de animados que denomina, sencillamente, Aborígenes (1986, de 6 minutos, en colores), el cual obtiene al año siguiente el Premio Anual de la Crítica 1987. En este desarrolla un tema muy interesante: un grupo de indocubanos ha rechazado victoriosamente el ataque de otros coterráneos, y en su desplazamiento por el territorio entran en contacto con otra comunidad indígena que los acoge y en la que aprenden las técnicas agrícolas, la confección de vasijas de cerámica, la elaboración de redes para pescar, etcétera. Al regresar a su comunidad de origen, traen el aporte de esos nuevos conocimientos. De esta forma, ha quedado reflejado en cine uno de los fenómenos socioculturales más complejos e interesantes de la historia del pasado indígena cubano: el proceso de mestizaje y de intercambio cultural acaecido entre los grupos humanos primigenios con diferentes modos de vida, que coexistieron en Cuba durante muchísimos años.

(continuará en el siguiente post)

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El tema indígena en el cine cubano: ¿un vacío absoluto? (segunda parte).

por José Antonio García | enero 26, 2010

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La intuición artística de los cineastas

En esta situación ignorancia total y explicable es cuando el arte vuelve a revelarnos su intrínseco poder como fuente de conocimientos. La sensibilidad artística de ciertos creadores –esta vez mediante la imagen visual y el sonido– capta por intuición esa realidad escamoteada en los textos de historia y por ello ignorada por muchos, pero que flota como niebla en el ambiente espiritual de nuestra sociedad, mediante recuerdos, costumbres, tradiciones e incluso expresiones de religiosidad cotidianas.

El poeta Nicolás Guillén, tratando de sintetizar la raíz de lo cubano en una frase nos decía: “Santa Bárbara de un lado / del otro lado Changó”, pero esta fórmula es muy simple, por no calificarla de simplista: blanco y negro… ¿y nada más? Hoy sabemos que la raíz de lo cubano tiene otro ingrediente originario, además del español y del africano; un ingrediente más remoto y más cercano a la vez, porque aún vive: el indígena. Eso sí: “todo mezclado”. En esto sí tenía razón el poeta Guillén.

Es cierto que el ingrediente indígena ha sido el componente ignorado de la identidad cultural cubana, aunque algunos ya hoy lo presienten. Saben que es una de las substancias esenciales que ha intervenido en la cocción de aquel “ajiaco” cultural que en su momento definió Ortiz, y que continúa constituyendo hoy nuestra personalidad criolla. Así lo habían intuido brillantemente algunos poetas en el siglo xix, denominados “siboneyistas”, quienes también percibieron la presencia indígena en el ambiente sociocultural del que alimentaban su inspiración creadora. Sobre todo los dos poetas cimeros de esa corriente literaria: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo y José Fornaris.[1]

En Cuba, la obra cinematográfica de algunos realizadores nos revela de nuevo esa especial intuición que poseen los artistas para acercarse -y acercarnos– a la verdad histórica, social y cultural. El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) conserva en sus fondos algunos de los testimonios más valiosos y tempranos que podemos citar como ejemplos del tema indígena reflejado en el cine cubano. En orden cronológico, la primera obra realizada al respecto fue un breve y sencillo documental dirigido en 1963 por Bernabé Hernández, titulado Cultura aborigen (de 6 minutos de duración, en blanco y negro), el cual hace una presentación general para darnos a conocer, grosso modo, cómo eran los indocubanos. Le sigue al año siguiente una obra de mayor envergadura en propósitos y realización, esta vez a cargo del excelente dibujante Modesto García. Se trata del documental animado Los indocubanos (1964, 28 minutos, en blanco y negro), que se propone ilustrar cómo era la pacífica vida de los indocubanos en sus comunidades, y cómo se destruyó esa vida debido a la violencia impuesta por los conquistadores. Aunque, naturalmente, la versión histórica en que se basa es la tradicional, tiene, entre otros, el mérito de presentar un carácter didáctico, asequible para un público infantil o adulto heterogéneo. Con ello su autor traía al presente un asunto hasta entonces olvidado por la aún pobre cinematografía cubana. Sus imágenes se apartan por completo de la antigua visión idílica sobre los indígenas cubanos, mostrándonos detalles de notable realismo, creadas por la mirada de un artista que cuenta con una acertada información antropológica en cuanto al aspecto físico de aquellos personajes; su entorno material, sus costumbres y formas de vida, etcétera. Como resultado de tan excelente trabajo, Los indocubanos se convirtió en 1982 en libro (Editorial Gente Nueva), con texto acompañante del narrador Onelio Jorge Cardoso. Todavía hoy constituye uno de los libros mejor ilustrados con imágenes de ficción sobre indocubanos.

Quizás por el éxito de Los indocubanos en 1964, el tema del aborigen cubano fue tomado también en el siguiente año por el creador de dibujos animados Tulio Raggi, quien realizó Macrotí: un Noé cubano (1965, 10 minutos, en colores), breve documental cuya trama se desarrolla como una leyenda indocubana sobre un personaje mítico similar al bíblico Noé; una especie de Noé cubano. Once años después, aparece en la obra de este creador de animados un nuevo título, muy breve también: El pajarito prieto (1976, 6minutos, en colores), una simpática aventura en la que sus principales personajes son niños: la indígena Gibara y el negrito Cimarrón. Ellos viajan prisioneros en un barco negrero del que son rescatados por otro “negrito”. Ambas obras de Raggi (la primera basada en leyendas tradicionales, y la segunda en situaciones históricas) pueden considerarse una pequeña muestra de las amplias posibilidades que ofrece en tema indígena a la creación cinematográfica cubana.

En el mismo género del dibujo animado, Tabey (1965, 8 minutos, en colores) es el corto documental -de nombre acertadamente taíno– a cargo del famoso dibujante Juan Padrón, quien haciendo ficción de los hechos históricos creó este animado. En él la figura de un aborigen cubano protagoniza una acción heroica y patriótica al ayudar a un grupo de guerreros taínos para atacar un fortín de españoles, a quienes finalmente pone en fuga. De paso puede uno preguntarse: ¿no está acaso en estos personajes el antecedente de los célebres Elpidio Valdés y sus mambises?


[1]Al respecto, ver mi trabajo: “Presencia indígena en la poesía de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo”. Revista Santiago, número 65, julio de 1987, pp. 187-204.

(continuará en el siguiente post)

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El tema indígena en el cine cubano: ¿Un vacío absoluto? (primera parte)

por José Antonio García | enero 26, 2010

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Volviendo al tema de la herencia indocubana en la cultura del cubano actual, es interesante hurgar qué ha sucedido al respecto en el ámbito del cine (incluyendo el vídeo) ya que, como se sabe, es una de las manifestaciones del arte moderno más importantes. Cuando lo hacemos parece ser que, efectivamente, uno de los vacíos más señalados dentro de la creación cinematográfica cubana es el relacionado con el tema indígena; tanto el tema indígena en general como el que se refiere a lo indígena cubano en particular. Sin embargo, a la vez que relativo e injustificado, es un vacío perfectamente explicable. Muchos dirán: “A fin de cuentas, ¿de cuáles indígenas podría tomarse referencia en Cuba, si siempre se ha sabido que ninguno de ellos rebasó en vida el siglo xvi?” O también podrían surgir las siguientes preguntas: ¿Cuáles hechos históricos comprobados, relacionados con los aborígenes cubanos, han pasado a las páginas de la historia más antigua de Cuba? ¿Cuáles leyendas populares pueden atribuirse a la tradición indocubana, que a la vez promuevan la creación de un guión fílmico o de una pieza literaria? Y, en todo caso, ¿qué interés podría tener la poca historia conocida de aquella etapa, cuando convivían indígenas y españoles en Cuba? ¿Qué atractivo podrían presentar hoy las escasas anécdotas o los relatos que la tradición oral ha trasladado al presente desde épocas tan remotas y desconocidas como los siglos xvi y xvii, que merezcan ser llevadas al cine o a la literatura?

Ojalá que muchos creadores de la imagen visual en Cuba hasta hace poco se hubieran formulado a sí mismos alguna vez las anteriores interrogantes; al menos estas. Cuando se revisa la producción cinematográfica cubana en sus diversos formatos a lo largo de años, surge la sospecha de que la mayor parte de ellos ni siquiera rozó -hasta hace una década- semejantes ideas. Las excepciones que mencionaremos adelante confirman esta severa certeza.

Antes de referirme a los pocos realizadores que, sólo en los últimos años, han dirigido su mirada al pasado indígena cubano -casi siempre para mostrarnos su trascendencia humana y cultural en el presente–, considero necesario adentrarnos en las razones que pueden ofrecernos una explicación acerca de por qué ese vacío temático de la cinematografía cubana que, como se verá, no se trata de un vacío absoluto.

El indocubano: personaje extirpado de la historia

La causa inicial del olvido parece ser que se ha padecido una ignorancia generalizada respecto de la verdadera historia de Cuba antes y durante los primeros siglos de vida colonial. De modo que estoy refiriéndome a razones históricas concretas: generaciones de cubanos, unas tras otras, han sido engañadas desde su niñez, al aprender en los primeros grados de la enseñanza escolar que los indígenas cubanos desaparecieron o fueronexterminados en fecha tan temprana como el siglo xvi. Vistas así las cosas, cabría preguntarse: ¿por qué interesarse por la vida de un pueblo totalmente desaparecido hace medio milenio? ¿Qué conexión podría tener ese pasado, tan remoto y olvidado, con el presente?

La tesis del “exterminio” de la población aborigen de Cuba (similar a la sostenida para la población indígena de Puerto Rico y de La Española, entre otras), tiene una larga y lamentable historia. Aunque hoy sabemos que la mayor parte de la población de los indocubanos (calculada en varios cientos de miles a comienzos del siglo xvi) no fue capturada ni esclavizada, sino que escapó de los conquistadores españoles y huyó hacia los montes tupidos, hacia las montañas, hacia las ciénagas y la extensa cayería que rodea a nuestra isla, a donde los escasos españoles de entonces no tuvieron acceso, no obstante, muy otra fue la interpretación que los primeros historiadores de Cuba le dieron a los reportes que sobre esta situación había redactado el fraile Bartolomé de Las Casas. Este le escribía al rey, alarmado y protestando a causa de los abusos físicos que los conquistadores cometían con los aborígenes a quienes lograban someter como esclavos. Y aunque se refirió en ocasiones a los muchos indígenas que escapaban del alcance de los españoles huyendo de su presencia, no era este el hecho más importante para denunciar al rey, sino los muchos otros que morían o eran mutilados por la violencia de aquellos primeros encontronazos. Finalmente, de la gran masa que logró salvarse nunca se supo nada. Nadie ha escrito aún su historia. Con el tiempo, aquellos indocubanos continuaron fundiéndose poco a poco con el resto de los demás componentes del etnos criollo en formación (fundamentalmente españoles y africanos), hasta diluirse en lo que somos hoy: un etnos nuevo, resultado de una mezcla maravillosa de tres pueblos originalmente diferentes entre sí, pero unidos al final por una misma historia a partir del siglo xvi.

Pero los argumentos de la hipótesis sobre el “exterminio” de los indocubanos, expuestos en el siglo xvi, crecieron, se desarrollaron y se enraizaron hasta llegar al presente, a contrapelo del más elemental razonamiento científico. Hicieron su aparición desde que los cronistas escribieron los primeros documentos, que sirvieron después como fuente para redactar los primeros textos sobre la historia de Cuba, en el siglo xviii. De igual modo, los censos de población tampoco pudieron expresar durante siglos la realidad respecto de la población indígena que había realmente en Cuba, pues sólo tenía en cuenta la menor parte de esta que se hallaba al alcance de los peninsulares. Así, la firme creencia en que la población indocubana había desaparecido en forma “total” durante las primeras décadas del siglo xvi, al igual que la variante igualmente difundida de la “extinción casi total”, o la denominada “paulatina desaparición de los indocubanos”, han constituido falacias que los historiadores se han copiado entre sí y han repetido irreflexivamente durante generaciones. Ahora debemos reconocer que en los últimos tiempos los estudios históricos, auxiliados por la antropología y por la arqueología, fundamentalmente, por fortuna han venido estableciendo las pautas para determinar un acercamiento mayor a la realidad de los hechos históricos, lejos de dogmas y prejuicios. Sin embargo, también debemos reconocer que el prejuicio del exterminio ha sido y es todavía la convicción más firme sostenida y enraizada en la conciencia social cubana (así también de otros pueblos), transmitida mecánicamente de generación en generación, víctima ciega de la herencia ideológica colonial que propiciara tal creencia de manera interesada, con el fin encubierto de restar importancia a las raíces primigenias del etnos criollo (o sea, de otra nacionalidad, no española), y construir sobre ellas una historia -supuestamente única y verdadera– en la cual la “raza ibérica” tenía primacía absoluta. De este modo, la historia de Cuba comenzaba -según el enfoque colonialista expuesto en los primeros textos sobre historia de Cuba– no con la vida de las comunidades aborígenes en nuestro archipiélago desde unos diez mil años antes de que llegara Cristóbal Colón, sino precisamente con el arribo de este a Cuba. En conclusión: el indocubano devino un personaje extirpado de la historia oficial, y por tanto, de la conciencia social entre los cubanos.

(continuará en el siguiente post)

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13. Ortiz, última breve pincelada: la integración de la cultura universal

por José Antonio García | agosto 10, 2009

Para concluir los comentarios sobre la presente selección de la correspondencia cruzada de Ortiz que atesora la Biblioteca Nacional de Cuba, quisiera referirme a algunos conceptos suyos sobre la función de la cultura y su vínculo político con el destino de los pueblos. Sus opiniones al respecto son de una actualidad que pueden sorprendernos hoy. Sólo teniendo en cuenta que Ortiz era ante todo un humanista, conocedor del hombre en sus muchas dimensiones gracias al estudio de sus raíces culturales en distintas partes del planeta; sólo considerando esto podemos explicarnos que sus palabras de hace medio siglo nos lleguen con tanta actualidad.

Así le dice a su amigo Ricardo E. Alegría, destacado arqueólogo e investigador cultural puertorriqueño, en carta del 11 de junio de 1956:

Es necesario fortalecer más y más las nacionalidades al mismo tiempo que pensar en la manera de perfeccionar las bisagras internacionales. Aunque esto parezca paradójico, la aventura de este tiempo, la aventura quizá del futuro, parece estar a la vez en intensificar las nacionalidades y en combinarlas en consorcios cada vez más amplios, libres y civilizadamente humanistas. Por eso estudiar y definir las culturas indígenas parece que ha de ser obra buena para poder mejor, con práctico realismo, engranarlas con el rodaje del progreso universal.

En todo el mundo se advierte un revivir de lo folklórico, de la conciencia y de la valoración propia al mismo tiempo que un definitivo impulso hacia la ciencia y la coordinación mundial. Hay que penetrar más hondamente en las entrañas naturales de los pueblos para ajustar con ellas los ideales del futuro, es decir, la integración de la vida.

De este modo habló Fernando Ortiz para entonces, para hoy y para mañana.

A continuación, la bibliografía utilizada para redactar los textos de homenaje a Fernando Ortiz publicados aquí:

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12. Ortiz y el III Congreso Espiritista Panamericano

por José Antonio García | agosto 9, 2009

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Otro ángulo revelador de la personalidad de Fernando Ortiz es el que nos revelan algunas cartas tomadas casi al azar en el fondo de su correspondencia que conserva la Biblioteca Nacional cubana; me refiero a su vínculo con la doctrina del espiritismo kardeciano.

En relación con el conocimiento de Fernando Ortiz sobre religiones y sistemas de ideas en general, viene al caso citar una posible prueba de su saber y buen entendimiento también respecto del aparato conceptual del espiritismo “como ciencia y filosofía”, según definían los mismos espiritistas su sistema. La comisión organizadora del Tercer Congreso Espiritista Panamericano que se celebraría en La Habana lo invitaba a participar en el mismo, ya que –según declara:

Un acto de tal relieve (…) no puede permanecer desconocido para quien como Fernando Ortiz ha sabido vivir a la clara luz de una conciencia espiritual. Ud. que siempre se ha preocupado por mejorar el nivel de la sociedad cubana y porque asimilemos las orientaciones de toda cultura superior, para mejorar nuestros valores, tiene ahora una oportunidad para considerar el esfuerzo de los espiritistas cubanos a favor de la fraternidad humana, (…).

En su respuesta epistolar, Ortiz declara (11 de septiembre de 1953):

Mis años y lo ocupadísimo que tengo todos los minutos disponibles para poder ultimar las obras que tengo en el telar, me han separado de toda distracción intelectual, que no sea la directamente relacionada con mi faena.- Tendré mucho gusto en concurrir a dicho Congreso, el cual no dudo que será un poderoso estímulo para trabajar más y mejor por una convivencia universal y solidaria de paz, fraternidad y justicia.

Aunque no sabemos si por fin Ortiz asistió al Congreso, lo interesante es que su respuesta mostró respeto y buena fe hacia los congresistas, dados los enunciados humanitarios de sus propósitos. Como sociólogo erudito y hombre de saber universal que era, es lógico suponer –como sabemos hoy–  que a Fernando Ortiz las ideas del espiritismo no le fueron extrañas. Su estudio La filosofía penal de los espiritistas, por ejemplo, había sido redactado originalmente en 1914. Ortiz tempranamente había detectado que las ideas del espiritismo kardeciano tenían determinada importancia también en el panorama de las creencias religiosas del pueblo cubano. Años después, entre 1949 y 1950, volvió a interesarse  sobre todo en la manifestación más popular del espiritismo, el denominado espiritismo de cordón, del cual escribió numerosos artículos en la revista Bohemia. Por esos años había sido nombrado miembro de honor de los espiritistas en Cuba, con quienes sostenía cordiales relaciones.

La próxima y última pincelada sobre Ortiz, versará sobre la cultura universal.

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11. Ortiz: Historia de una pelea cubana contra los demonios y su proceso de creación

por José Antonio García | agosto 8, 2009

Tenemos dos cartas del año 1959 en las que Ortiz devela algunos aspectos interesantes para el conocimiento del proceso de creación de su libro Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959). Ante todo, parece que al comenzar ese año ya lo tenía terminado en su parte fundamental, y que se dedicaba en esos dos primeros meses de 1959 a engrosarlo con nueva información, a pulir la redacción y a pasarlo en limpio. Como es sabido, se trata de un gran relato de “pintorescos y extravagantes episodios”, como él lo calificó, a cuya escritura parece haberse entregado con tal entusiasmo que nos revela todavía (tenía 78 años de edad) la fuerza de su talento y la jovialidad de su carácter. A lo anterior se une la particularidad de que estamos frente a la obra de Ortiz que mayor dosis de creación artística presenta, en el sentido del uso de la ficción literaria. Si la comparamos con el resto de sus textos mayores, enseguida apreciamos cómo en las demás obras el aspecto de la ficción aparece en forma de referencia a diversas expresiones literarias de tradición oral (cuentos, poemas, canciones, etcétera), o mediante la transcripción de estas, pero no como creación propia del autor, tal cual sucede en  Historia de una pelea cubana contra los demonios. Es cierto que el relato se arma a partir de fuentes históricas escritas, pero también lo es que la explicación de los sucesos –y en cierto modo su armazón–   deben mucho a la especulación erudita de Ortiz y a su inagotable imaginación. De manera que aquí estamos frente a una obra en que además de sentir el amplio conocimiento del etnólogo, del historiador, del jurista o del lingüista, sentimos como nunca antes a un narrador ducho que ha experimentado la placentera necesidad de fabular partiendo de un caudal de información histórica mezclada con abundantes elementos de tradiciones populares, creencias religiosas y en general una carga ideológica deslumbrante y abigarrada, digna de un detenido análisis multidisciplinario. Específicamente en el orden de la literatura artística, Historia de una pelea cubana contra los demonios con seguridad se insertaría en el contexto del llamado “realismo mágico” latinoamericano. Y en cuanto a su género: ¿es narración o ensayo? Podría decirse que es ensayo y narración fundidos; transculturados. Ortiz nos ofrece con ese libro un producto nuevo, fuera de convención o etiqueta; una obra, digamos, de género mulata, por emplear un término tan suyo.

Veamos los párrafos principales de la carta a su amigo Mariano Rodríguez Solveira (10 de febrero de 1959), entonces rector de la Universidad Central de Las Villas, quien le había incitado a entregarle una obra de tema folclórico para publicarla en nombre de la institución.

Referente al libro mío con cuya publicación esa Universidad va a honrarme muy mucho, puedo decirle que estoy entregado completamente a él, lo cual es tanto como decir que “estoy entregado totalmente a los demonios”. Estoy prácticamente rehaciendo el libro, dándole nueva estructura rellenándolo con muchos datos interesantes. Básicamente es un tratado semihistórico y folklórico de la ideología demonológica que en cuyo ambiente se desarrollaron los pintorescos y extravagantes episodios de la lucha de la villa de Remedios, de 1682 a fines del siglo xvii. Todo el libro está relacionado con la historia de Remedios, Sancti-Spíritus, Trinidad y Santa Clara en ese siglo, que es nuestra “edad media” como decía Pichardo Moya. El título del libro puede ser el siguiente: “Historia de una pelea cubana contra los demonios”. Sub-título: (Relato documentado, folklorista y casi teológico de la terrible contienda que un inquisidor, una negra esclava, un rey y copia de alcaldes, ateos, piratas, energúmenos y demonios libraron a fines del siglo XVII, junto a una boca de los infiernos cerca de la villa de San Juan de los Remedios). El libro se compondrá de unos 20 capítulos, que en total llenarán unas 500 páginas impresas del formato de mis libros sobre “Los instrumentos de la Música Afrocubana”.

Estoy retocando lo ya escrito y poniéndolo en limpio. Todavía necesito 2 ó 3 semanas para acabar en retoque y la copia. En cuanto termine le puedo mandar el original definitivo. El libro será dedicado a esa universidad, por mi gratitud y por tratarse de un trabajo histórico medularmente villareño por su tema.

El libro fue muy pronto pasado por la imprenta. Si nos atenemos a los cálculos de Ortiz, en marzo de ese año 1959 le habría enviado el “original definitivo” a Rodríguez Solveira, y por otra parte, la introducción escrita aparece firmada en noviembre, por lo que habrá sido en diciembre cuando salió a la calle. Así calculaba Ortiz en la misiva del 23 de noviembre de 1959 que le dirige al conocido sociólogo mexicano Carlos Alberto Echánove Trujillo, donde le dice: Espero que en el mes próximo le podré mandar un ejemplar del libro, que se titulará: “Una pelea Cubana Contra los Demonios”.

Otro asunto también interesante alrededor de esta obra de Ortiz es el que refiere en esta carta a su amigo Echánove, cuando al ponerlo al día sobre su vida en los últimos tiempos, le menciona los achaques de salud que lo mantienen inmovilizado: Estoy viviendo en el mayor reposo, apenas salgo y solo me entretengo algo leyendo y escribiendo acostado. En medio de esta forzada quietud me puse a llenar cuartillas acerca de un episodio histórico del siglo XVII en Cuba en el cual intervinieron una porción de piratas, contrabandistas, bucaneros, judíos, clérigos y demonios”.

Perdida la visión del ojo izquierdo y deficiente la del otro, con un corazón ya resentido, más los naturales trastornos circulatorios que esto acarrea; añadida la diabetes y otras lógicas “menudencias” de un organismo en los fines de su séptima década, Ortiz hallaba descanso de esos males en el disfrute que le producía escribir este libro sin más exigencia que la de armar un relato de corte folclórico a partir de hechos históricos documentales, comentándolo libremente, haciendo uso de su vasto archivo mental (y material) sobre tradiciones populares, ritos y leyendas de diversas religiones. Por dondequiera que se lea el libro, se comprueba con cuánto placer el autor da rienda suelta a su sabiduría y a su imaginación, disfrutando la escritura del mismo con igual fruición con que un niño se entrega a un juego.

El siguiente asunto tratará sobre la figura de Ortiz y el espiritismo kardeciano.

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10. Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y su traductora

por José Antonio García | agosto 6, 2009

La primera edición de Contrapunteo… se hizo en 1940. En 1945, Harriet de Onís (esposa del amigo de Fernando Ortiz, Federico de Onís) fue contratada para hacer su traducción al idioma inglés, y el hecho dio pie para una amena correspondencia cruzada entre ella y el autor cubano. Para nuestro interés inmediato, tal vez lo más destacado sea las aclaraciones que Ortiz le enviaba a la traductora sobre las dudas que ella iba encontrando en el libro durante su revisión. Se trataba de numerosas palabras que presentaban a menudo un significado complejo en español, y que por lo mismo resultaba difícil trasladarlas al inglés. Quien haya leído la obra de Ortiz, caracterizada por una prosa rica en arcaísmos y neologismos, podrá imaginarse las dificultades que debió de causar su traducción. Pero Harriet de Onís parece haber sido una mujer capaz y emprendedora. Sin ser especialista en asuntos de tabaco y de azúcar, tuvo que leer mucho sobre ello para conocer el vocabulario particular de esas materias (frecuentó librerías y colecciones privadas), y con la experiencia en la traducción de obras de su esposo Onís, y del reconocido escritor colombiano Germán Arciniegas, salió airosa también en la traducción de Contrapunteo… . Así lo testimonió Ortiz cuando le dice en una epístola, un año y meses más tarde (18 de febrero de 1947):

Acabo de leer su traducción de mi Contrapunteo. No tengo autoridad alguna para juzgar de ella, pues mi dominio (del) inglés es muy precario y apenas me alcanza para pedir ham and eggs a la hora del desayuno. Pero por lo que yo puedo apreciar y por mis amigos tengo que felicitarla a Ud. por lo bien que ha salido del difícil trance de traducir el texto de mi libro. Este está lleno de palabras poco usadas propias de la jerga cubana del tabaco y el azúcar, así como de voces anticuadas en los textos referentes de las Casas y de Oviedo. Además ha tenido Ud. la gracia de ponerle un acento final al libro con la transcripción de la Oración del Justo Juez. Por todo ello le repito mis congratulaciones.

A continuación, reproducimos algunos de los términos y su significado explicados por Ortiz:

Pag. 1.- El adjetivo “blanconazo” se usa mucho en Cuba aplicado a la mulata clara que no puede sin embargo pasar por blanca. Le aplico el mismo adjetivo al azúcar cuando sale de los ingenios antes de ser refinada y blanqueada totalmente.

Pag. 2.- (…)“Guajiro” decimos en Cuba al campesino. “Montuno” tiene algo de pleonasmo, intensificando lo “montaraz” que suele ser el “guajiro”. “Guajiras” equivale a la campesina rústica.

“Currería” es lo propio de los negros “curros”. “Acurrada” es la calidad de el “curro”. Parece imposible hallar traducción exacta a estas palabrejas que son exclusivamente habaneras e históricas. El negro “curro” era un tipo que se enorgullecía de su rango entre los negros. De los “curros” salieron muchos matones y también cantadores de versos en contrapunteo, como los “payadores argentinos”. Quizás “curros” podría definirse como libre de la Habana, oriundo de Andalucía. Me parece que lo mejor será emplear la palabra “curro” como vocablo local y explicar en el vocabulario que debe ir al final para este y otro caso semejante.

Pag. 3.- “Canturría” se dice en Cuba a lo que en castellano se dice “canturreo”, no sólo al canto monótono a media voz, como dice el Diccionario Larousse, sino al canto monótono y cansón, aunque sea a todo pecho, es voz algo despectiva por lo excesivamente insistente del “canturreo”.

Pag. 10.- (…)

“Encascarillar” es cubanismo que significa blanquearse el cutis con “cascarilla” o sea un polvo blanco que se hacía con cáscara de huevo.

Pag. 17.- “Sacralidad”. Es un neologismo mío para indicar la cualidad de lo sacro o sagrado. “Gente grande” significa gente adulta, pero se aprovecha esa expresión precisamente para poder incluir también a los de rango social.

La inmediata entrega estará referida a Historia de una pelea cubana contra los demonios.

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9. Ortiz y El engaño de las razas

por José Antonio García | agosto 4, 2009

Una carta que llama la atención en el grupo seleccionado  del fondo epistolar de la Biblioteca Nacional, es la que Fernando Ortiz envió (12 de diciembre de 1945) al norteamericano Henry A. Wallace, entonces Secretario de Agricultura de su gobierno, a quien Ortiz señala como inspirador de su texto hoy tan conocido El engaño de las razas (1945), y donde confirma esta y otras ideas que habían aparecido en el prólogo del libro.Llamamos la atención de los estudiosos acerca del juicio que expresa aquí Ortiz al evaluar como los capítulos más importantes de su libro el primero y el último, y explica en síntesis lo que los diferencia de los demás.

Por su interés, reproducimos completa dicha carta:

Mr. Henry A. Wallace.

Secretary of Agriculture.

Washington, D. F.

Muy Admirado Mr. Wallace.

Hace años tuve ocasión de oírle hablar en la Feria Mundial de New York, instando a los escritores en el sentido de que ayudáramos a rectificar los prejuicios raciales que tanto daño hacen al mundo. Su excitación me impresionó mucho y me propuse cumplir con mi deber de hacer algo en ese sentido.

Los problemas racistas en los países de Europa se refieren principalmente a las petulancias de los llamados “arios”, antisemites y nórdicos. En los Estados Unidos se tiene en cuenta además al racismo “antinegro”. Pero América Latina, especialmente los países tropicales, necesitan ocuparse con preferencia de los conflictos culturales y sociales entre los blancos de un lado y los negros y los indios de otro. Por esto me hice el propósito de componer un libro teniendo en cuenta las últimas ideas científicas sobre las razas y sus problemas, escrito con lenguaje accesible a las multitudes latinoamericanas y con referencias y ejemplos relacionados con su composición demográfica y con su historia. Además he concluido en dicho libro dos capítulos, el primero y el último, dedicado uno al origen español del vocablo raza y al sentido despectivo que siempre tuvo este vocablo, por provenir de la cría y venta de animales y esclavos, así como ocurre con casi todos los demás términos de la nomenclatura racial popular de la América Latina. Y el otro capítulo (el final) dedicado a las últimas excitaciones de los Congresos Científicos e Internacionales para favorecer la legislación abolicionista de los prejuicios raciales. En esos dos capítulos está lo más importante del libro. Lo demás es recuento, traducción y referencia de las opiniones científicas en general y su aplicación a negros e indios.

Al terminar el libro, con el título de “El Engaño de las Razas”, me pareció que nadie mejor que a Ud. podía dedicárselo, ya que fue Ud. realmente quien lo inspiró. El libro acaba de ser publicado y yo me permito enviarle su primer ejemplar, dedicado en una de sus primeras páginas a Ud., como un “gran americano de todas las Américas”.

Le ruego muy fervientemente se sirva aceptar este homenaje sincero de un cubano que ve en Usted a uno de los más enérgicos, sanos y bien dirigidos propulsores del próximo futuro de toda América para que esta vuelva a ser con razón un “Nuevo Mundo”.

Sírvase recibir y aceptar, muy estimado Mr. Wallace, junto con la expresión de mi modesto homenaje, la de anticipada gratitud y la de mi devotísima y alta estima personal.

Queda de Ud. muy atentamente

Dr. Fernando Ortiz

El próximo asunto que trataré estará vinculado al texto orticiano Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.

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8. Ortiz y el gran luchador norteamericano Du Bois

por José Antonio García | agosto 2, 2009

Sobre las relaciones de Ortiz con William Edward Burghart Du Bois, luchador norteamericano por los derechos del hombre negro en América, existen interesantes cartas en los fondos de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”, que merecen ser comentadas. Du Bois se había destacado desde la primera década del siglo xx por los reclamos antirracistas y contra la discriminación del hombre negro en su país, Estados Unidos de Norteamérica.  Nacido en 1868 en medio de la pobreza heredada de la esclavitud, vinculó en su vida la superación personal mediante los estudios (hasta su doctorado en Filosofía), con una incansable actividad social que lo convirtieron en conductor del pueblo negro norteamericano en la campaña por el autorreconocimiento cultural y por la igualdad con el hombre blanco, durante las primeras décadas de ese siglo.

Coincidente con la época de su amistad con Fernando Ortiz, Du Bois era considerado la figura más importante de América en esa lucha. La influencia de su pensamiento y de su ejemplo trascendió a los demás líderes del antirracismo en su país hasta hoy. Algunas de las cartas seleccionadas fueron escritas durante los años cuarenta, cuando Du Bois era editor de la revista PHYLON (“Revista de la Universidad de Atlanta sobre raza y cultura”), donde al parecer Ortiz publicó alguno o algunos de trabajos suyos. En la carta fechada el 14 de octubre de 1942, el cubano le anuncia el propósito de enviarle un trabajo que:

(…) puede ser de una de estas dos cosas: 1º. Los negros en la divulgación del tabaco. Este trabajo fue parcialmente publicado en una revista de Bogotá; pero lo he ampliado bastante y resultará prácticamente nuevo. 2º. La legendaria maldición de Cam. Católicos y protestantes durante el período de la esclavitud utilizaron esa leyenda, diciéndola tomada de la Biblia. Todavía en 1896 la usaba un sacerdote español en un libro publicado en Madrid contra los negros de Cuba. Y ahora, católicos y protestantes, se echan recíprocamente la culpa de haber sido los iniciadores de esa mitológica maldición. Es seguro que ese mito surgió con anterioridad al descubrimiento de América. Si a Ud. le interesa así este tema como el otro se lo remitiré cuando lo tenga listo aunque tardará algún tiempo.

De nuevo tienen aquí los estudiosos de la obra de Ortiz una noticia interesante. En este grupo de cartas no aparece confirmación sobre el envío de alguno de estos trabajos anunciados, pero por supuesto que ello no significa que no existieran de alguna forma. Por otra parte, tanto el de los negros y el tabaco, como el del bíblico Cam no aparecen en la bibliografía de Ortiz recopilada hasta el momento. Por sus títulos, ambos parece que son trabajos muy interesantes, tal vez contenidos en alguna parte de su obra mayor (quizás el primero en Contrapunteo cubano…,  y el segundo en El engaño de las razas). Dejemos, pues, a los investigadores esa pesquisa.

En la misma carta Ortiz le menciona a Du Bois “el proyectado Congreso Afroamericano, el cual no celebrarse por distintas razones aún no bien explicadas.” Según la correspondencia, desde 1941 ambos intelectuales habían hablado sobre la iniciativa de Ortiz acerca de efectuar en La Habana una reunión para tratar diferentes aspectos relacionados con la cultura de origen africano que se había desarrollado y continuaba desarrollándose en distintas partes de América, principalmente en las Antillas y en Estados Unidos de Norteamérica. El 7 de julio de 1941 Du Bois le anuncia: “I shall want to write you again from time to time concerning my thoughts and plans and especially with regard to your valuable idea of a meeting in Havana of those interested in African culture.”  (“Quisiera volver a escribirle de vez en cuando sobre mis ideas y planes y especialmente con relación a su valiosa idea de una reunión en La Habana para aquellos interesados en la cultura africana.”). Du Bois había estado de visita en La Habana hacía poco, pero anteriormente Ortiz y él, al parecer, habían conversado sobre los diversos problemas del hombre negro en sus respectivos países y sobre su cultura. Al respecto le diría Du Bois: “I am enthusiastic over the possibilities of the Caribbean despite the internal problems which I realize with you are very difficult at the present”. (Estoy entusiasmado con las posibilidades del Caribe a pesar de los problemas internos que concuerdo con usted que son muy difíciles en el presente.”). Sabrosa plática habrá sido esta del veterano luchador por los derechos del hombre negro en América y nuestro Fernando Ortiz, acerca del negro en sus respectivos países y en las Antillas en general. No tenemos noticias de que esta reunión llegara a efectuarse posteriormente, pero lo cierto es que Du Bois se mostraría dispuesto siempre a colaborar con Ortiz en la idea.

El 1º. de octubre de 1942 Du Bois le escribe al cubano: Also later I want to write you very frankly about the proposed congress on Pan African culture which was scheduled for Cuba but did not take place. I am very anxious to collaborate with you in this movement and also to get your sympathy with my general idea about Pan Africa.” (También después quiero escribirle muy francamente sobre el propuesto congreso Panamericano de cultura que fue planificado para celebrarse en Cuba pero no tuvo lugar. Estoy muy ansioso por colaborar con usted en este movimiento y  también por captar su simpatía con mi idea general sobre Panáfrica.”

De 1943 (3 de junio) es una breve comunicación de Du Bois a Ortiz sobre su parecer por haber sido electo miembro de honor de la Sociedad de Estudios Afroamericanos, y de 1958 una comunicación de Ortiz para felicitar a Du Bois por sus noventa años de edad. Otras misivas cruzadas forman parte también de este epistolario; esperamos que los estudiosos interesados obtengan de ellas el fruto necesario.

En un próximo comentario tendré ocasión de tatar sobre El engaño de las razas.

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7. Ortiz: breve pincelada sobre su término “transculturación”

por José Antonio García | julio 30, 2009

Por la importancia que ha tenido el vocablo “transculturación” en la historia de las ciencias sociales cubanas, e igualmente por cuanto se ha escrito al respecto, he decidido incluir esta breve anotación de Fernando Ortiz sobre su tan celebrado término. He partido de una breve opinión que su autor deslizó  en una respuesta epistolar a Rafael Soto Paz (20 de abril de 1947), y que en alguna medida puede interesar a los investigadores de la obra orticiana. Dice así:

Muy agradecido le quedo por el recorte de The New York que Ud. ha tenido la bondad de enviarme referente a una cita que se hace de mi vocablo transculturación. Parece que la palabreja anda corriendo ya y abriéndose camino. Ya tiene uso en toda la América Latina y acabo de verla adoptada en la Revista de las Indias de Madrid. Es mucho más comprensiva y expresiva que aculturación, introducida por los norteamericanos.

Les recuerdo a los lectores que el término transculturación había sido divulgado por Ortiz la primera vez en su libro Contrapunteo del tabaco y el azúcar, editado siete años atrás (1940), y aunque el pragmatismo neopositivista de los investigadores norteamericanos (sociólogos, antropólogos y otros) tenía en esos años profunda influencia en toda Latinoamérica, esto no había impedido que el vocablo elaborado por Ortiz para referirse a ese complejo proceso cultural lograra imponerse por la fuerza de la lógica de su sabia argumentación. Era una prueba más de su solidez científica; él sabía que aquella “palabreja” (como la califica con jocosidad y modestia) estaba respaldada por un profundo pensar científico; no se trataba de una etiqueta.

El siguiente asunto  que le dará continuación a esta forma de homenaje a Fernando Ortiz, será el que trata sobre su amistad con el célebre luchador social norteamericano William Edward Burghart Du Bois.

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