[ 3 Comentarios ] Publicado el 01.12.10 bajo Uncategorized
En media hora se llega, saliendo sin apuro desde los restos museables del tren blindado que yacen cerca del centro de Santa Clara. Por la ladera sur de la loma corre el ferrocarril central, pero las escaleras suben, segmentadas, desde el oeste, por el barrio de Capiro, llamada así por el apellido de un antiguo personaje de la ciudad.
A los pioneros los llevan allí a recitar aquello de …seremos como el Che. Los cristianos protestantes suben para pedirle a Dios que proteja a Santa Clara del mal y de la homosexualidad que, se dice, ya la ha convertido en la capital gay de Cuba, (a pesar de lo que los tuneros machistas dicen de Puerto Padre). Las delegaciones de militares y funcionarios escalan hasta allá para gritar Patria o Muerte, los turistas extranjeros van porque quieren completar la ruta del Che, que comienza lejos, en el Memorial, sigue en el famoso tren blindado (o tren vendido, según las malas lenguas de los buenos historiadores) y tiene que acabar allí. Los estudiantes de la universidad, cuando cierran el Mejunje, la madrugada no está demasiado fría y les ha sobrado ron, trepan a cantarle a Sabina y a Fito, y enamorarse y metatranquear (algo así como hablar sin profundidad de temas profundos, con música, alcohol y participantes de los tres sexos), medio alumbrados por la ciudad que toda y en penumbras se puede ver desde allí, desde lo más alto, desde la Loma del Capiro.
Unas enormes piezas metálicas en la cima son el homenaje a Ernesto Guevara. Al norte, se ven los campos y una retahíla de centros de estudio, cerrada por la Universidad de Las Villas, a la que este reportero ya no puede viajar porque los dirigentes juveniles de allí tienen órdenes de sacarlo a golpes, a la hora que sea, pero preferiblemente de noche. En la Loma del Capiro, dentro de los tubos metálicos del monumento al Che, viven unos cuantos sapos y ranas que también salen, preferiblemente, de noche.
[ 1 Comentario ] Publicado el 07.07.09 bajo Reportes de viaje
[ 2 Comentarios ] Publicado el 06.09.09 bajo Reportes de viaje
Por el encuentro
Crucé Bogotá de arriba abajo, siguiendo las carreras, que son las calles que van de . No puedo olvidar la compañía perenne de los cerros, el friecillo, algo más fuerte que nuestro invierno más crudo, y las megabarriadas marginales que rodean la ciudad, que en aquel entonces, 2001, pasaba de los seis millones y medio de habitantes. Y me golpeaba la variedad y atrevimiento de carteles pintados con sprays en cualquier lugar, lo mismo haciendo propaganda electoral, que chistes, o protestas.
Había muchos guardias con armas largas en las calles. Nunca nos abandonó un señor fuerte que miraba a todos lados, y en el auto del funcionario cubano siempre anduvimos con las puertas aseguradas.
Nos llevaron a la colonial Plaza Bolívar, en uno de cuyos costados está la Casa de Nariño, que es el palacio presidencial de Colombia: también lo visitamos.
Caminé entre decenas de gordos tranquilamente pintados en el Museo Fernando Botero. En el parque de diversiones Camelot no pude terminar de comerme una enorme crepe, algo así como un pan relleno de carne en salsa; nos llevaron al interactivo Maloka, en el que supe cuánto yo pesaría en Marte, y cuánto en Júpiter; recorrimos la imprenta de hierros primitivos en el respetadísimo Instituto Caro y Cuervo.
Vi una limusina, un niño registrando la basura y una joven madre pidiendo dinero, ¿ves?, allá en Cuba también hay pobreza, es verdad, solo que está compartida por todos, me adoctrinaba el funcionario cubano, y yo recordaba entonces a ese respetado ex–militar cubano que le regaló a su nieto, por el cumpleaños, tres equipos completos de buceo, y la pareja de alto rango que encargó para su bebé toda la canastilla en una boutique parisina, y al hijo de un importante figura política también nuestra, recientemente caída en desgracia, que costeó el viaje al Pico Turquino de toda su aula. Pobreza compartida.
El día de irme sentí el peso de Cuba en América. En el aeropuerto Eldorado me fotografié con el funcionario cubano, con tan mala puntería que detrás, al alcance del flash, quedó la moto de un guardia de seguridad colombiano. Casi me confiscan la cámara. Ustedes son cubanos, y eso es precisamente lo malo. Le aclaramos que yo participaba en un evento cultural del que, por suerte aquel señor había visto algo en la televisión, y eso lo tranquilizó un tanto. Tengan cuidado con lo que hacen aquí, ya su gente ha provocado bastante guerra en este país. Le dimos las gracias, y al rato me perdí rumbo a Cuba.
[ 5 Comentarios ] Publicado el 06.08.09 bajo Reportes de viaje
Esa canción de Arjona, esa noche.
Diciembre de 2001. Otro lugar del mundo a un muchachito de dieciocho años que apenas conoce su propio país.
Fue en Londres, porque los minutos eran más exactos y rigurosos cuanto más cerca estaba el momento final. Fue en Bagdad, porque había un aire de guerra abrupta en la calle y en la sonrisa de la gente que en Cuba solo había visto durante los domingos de la defensa, y aún así los nuestros tenían olor a broma, “que viene el lobo”, y no a guerra seria. Fue en Tokio o en La Meca, porque no comprendía nada y me quedaba observando cómo los demás manejaban los controles remotos de tantos equipos, abrían los estuches de refrescos o hablaban de emails y Google y partidos políticos y hay que cambiar al gobierno… no estaba acostumbrado a ese idioma. Fue en New York, porque yo era distinto a todos los demás pero que dijera mi verdad no asustaba a nadie, y menos a mí mismo. Fue en París, porque me enamoré.
Fue en La Habana… no, tampoco fue en La Habana ni en ninguna de las ciudades de mi isla: aquí todo es gris y con rejas.
Era Bogotá, en Colombia.
Cuando llegué al Bogotá Regency, me esperaba la habitación 1, compartida con el estudiante de Estados Unidos. Eso es una provocación, eso es una trampa de ellos, bramó el funcionario cubano que me escoltaba. Yo me mordí los labios para no brincar de la alegría. Al otro día, Sergio, el yanqui, ya sabía que los cubanos estudiamos como quince años casi de gratis, para luego trabajar por lo menos cuarenta, casi de gratis; que hay muchos médicos solidarios siempre que se les paguen los dólares que corresponden, por muy pocos que sean; que yo tenía que comerme todas las manzanas del minirrefrigerador de la habitación del hotel, aunque me empachara, porque una en Cuba equivalía al salario de una jornada de trabajo de mis padres… y cosas por el estilo.
Aquel concurso lo financiaban poderosas empresas colombianas, como Postobón y Compaq Colombia. Carlos Ardila Lulle, el entonces dueño de Postobón y uno de los hombres más ricos de América, fue en silla de ruedas hasta la sala donde nos batiríamos con palabras del mejor español ante la mirada del rector de la importantísima universidad española de Salamanca, de los embajadores de los países concursantes y de Nohra Puyana, la rubia esposa del presidente colombiano. Por cierto, el único diplomático que hizo un discurso en ese acto fue la embajadora norteamericana: gesto de ambiguo significado.
Entre los shocks que sufrí estuvo el no probar arroz en cuatro días, pues en los restaurantes solo nos daban carne, papas asadas (con cáscara y todo) y refresco. Al final, el funcionario cubano que me atendía resolvió el asunto preparándome un almuerzo nacionalista, que yo mismo le había sugerido: arroz blanco, bistec y ensalada de tomates y coles de esas moradas, que no hay en Cuba. Mientras su esposa cocinaba, me senté a ver la televisión; en un programa humorístico, había un hombre con una careta que imitaba el rostro del presidente del país, hacía torpezas, todos se reían y no pasaba nada. Ese fue el otro gran shock.
[ No hay comentarios ] Publicado el 06.06.09 bajo Reportes de viaje
Esta vez voy a silenciar la primera persona que siempre uso para narrar los viajes: dejo de cicerones a unos espíritus extremadamente importantes, los que decidieron el itinerario de mis travesías, fundando a Camagüey en donde está, a La Habana y Holguín en La Habana y Holguín
Diego Velázquez de Cuéllar, Don Luis de Clouet Favro, Pánfilo de Narváez con su andar marinero, el capitán García Holguín, Vasco Porcayo de Figueroa arrastrando la soga sanguinolienta, Jácome de Ávila perdido con la cuenta de las reses, el diligente Don Francisco Sánchez Griñán, el teniente gobernador José Antonio de Silva y Ramírez de Arellano, seguidos de una docena de conquistadores y caballeros que son los fundadores de las ciudades de Cuba, van hasta Bayamo, en Granma, una de las provincias más atrasadas de la isla, y cuyo centro urbano, desde hace unos años, comenzó a renacer de unas cenizas más graves que las del incendio mambí.
Entraron por los acantilados que dan al río del cacique Bayamo. Subieron por un callejón adoquinado hasta la plaza. Y a los cinco minutos entraban en el bulevar.
Vasco Porcayo se acercó a la cola que salía del Coppelia barato, a ver de cerca tantas muchachas de pelo indio, que le recordaban su harén, pero ninguna quiso acercársele. Si sigue por el bulevar, en la acera derecha, hay otra heladería mejor y con aire acondicionado, le confió una señora mayor que lo tomó por extranjero. Pánfilo de Nárvaez, que también oyó aquello, se lanzó con los demás por el medio del bulevar, tratando de no chocar con los postes de la luz enmascarados artísticamente, pero en la refresquera climatizada se deshizo el grupo cuando el gordo Jácome de Ávila pidió jugo de piña, a ver si sabían igual que las de sus tierras, y García Holguín dijo que no, que lo quería de guayaba, mientras De Clouet excusez-moi, monsieur y preguntó si el refresco era de naranjas de Louisiana. ¡No puede ser!, dijo Don Francisco Sánchez Griñán, el Rey sabrá de esto, y pensó con dolor en Manzanillo, la gemela cenicienta de Bayamo, derrumbándose entre el mar y el abandono.
Diego Velázquez, rojo de envidia, como siempre, se tomó un pru oriental ¡embotellado y con etiqueta de fábrica! Les falta algo, susurró con despecho: en su Santiago, la capital del pru, jamás se le había dado tanto glamour a esa bebida. A Narváez le llamó la atención un saloncito con cartel de museo, en el que unas excelentes figuras de cera lo miraban con jocosa atención. ¡Ni en San Cristóbal de La Habana!, pensó. García Holguín y Jácome de Ávila perdieron el rumbo y el poco oro que el primero guardaba de cuando apresó al emperador azteca, en mojitos y cubalibres del piano-bar; José Antonio de Silva, que siguió solo hasta la terminal de ómnibus, se sentó a esperar a los otros en el café encristalado con techo vanguardista: en medio de una taza de rocío de gallo, café con ron, resolvió mandar a construir uno idéntico en Guisa; Vasco Porcayo se demoró tratando de llevarse para su encomienda al enorme indio de barro del Museo de Arqueología…
Sánchez Griñán, fiel a Manzanillo, anotó cuidadosamente las quejas al rey: demasiados sitios con aire acondicionado ¡hasta una zapatería!, a precios irrisorios; el helado de la cremería tenía sabor y era helado ¿dónde se había visto eso?; todo estaba pensado con notable aire artístico ¡hasta los puestos de venta y el suelo del bulevar estaban adornados con reproducciones de obras célebres en la pintura cubana!; había demasiados empleados para atender la limpieza de los parques y calles del centro…
Con la noche casi encima, la comitiva dio marcha atrás. Enfilaron por la calle Parada, como quien va a salir a la terminal de trenes, y vieron unos barrios enormes con calles rotas y churre y gente cargando agua en cubos. Ya me extrañaba, dijo Diego Velázquez y la envidia se le calmó un poco. Entonces gritó Vasco Porcayo, que iba a su lado, todavía rabioso porque no le dejaron llevar el indio del museo, en cuanto llegue a Camagüey ahorco de nuevo al alcalde, a ver si acaba de hacer una villa decente.