De las UMAP y otros demonios

Una escuela común, mitad en ruinas, mitad con niños uniformados, con su bandera cubana y letreros en las paredes. Los muchachitos hablan entre ellos, luego miran con curiosidad al desconocido, que toma fotos a unos enormes locales destechados detrás de las aulas sobrevivientes. Todo parece normal en aquella escuelita de campo. Pero hay una sombra. El desconocido termina rápido con las fotos. La última: unos cimientos cuadrados al lado de la puerta, “como de una garita en una unidad militar”, pensó. Cruza los baches de la carretera y se acerca a las casitas de madera. Lo reciben, le dan agua, hablan del tiempo soleado y de la mata de ciruelas. El desconocido, que ya se ha presentado, bebe con agrado el café que también le ofrecen, sonríe, le da las gracias a la señora y hace silencio. Es que hay una sombra.
Entonces, le pregunta al señor de la casa, un anciano de bigotes: “¿Es verdad que esa escuela primaria fue hace mucho tiempo una UMAP?”, y señalo con la vista al seminternado Batalla de Guisa, cuyos niños no tienen idea de cuánto se sufrió allí cuarenta y pico años antes. El campesino deja de sonreír. Duda, tartamudea, baja el tono de voz, mira al suelo. “Sí, sí…, pero no. Yo no quiero buscarme problemas”. Alguien le dice: “A los que estaban ahí los llevaban a unos platanales a trabajar.”
Otras visitas a campesinos de los alrededores, otras evasivas. “Sí, sí, algo de eso fue. Que uno se pegó candela y los gritos se oían lejos. Pero yo no sé más nada.”
Una señora dice: “Allí se hacía mucho daño. Había calabozos, allá al final.” Así pregunto yo en otras casas más, a gente que vivía allí, en el caserío de Manolín, a diez kilómetros del sureño pueblo de Cuatro Caminos, Camagüey, desde aquellos sesentas de tanta revolución luminosa, y tanta cárcel y paredón –más que nunca en la historia de Cuba. Los que responden dicen que sí y abren los ojos como asombrados de lo que acaban de recordarles. Saben más o menos que la derruida escuelita fue una Unidad Militar de Apoyo a la Producción, guiada por oficiales de las FAR, y que pasaban cosas graves con los allí concentrados, “¿Qué cosas?” y entonces dudan, “Mejor le preguntas a fulano, que vivía más cerca”. Y las caras de misterio, el silencio, o las evasivas en los rostros de los campesinos entrevistados me informa mejor que todo lo que puedan contarme: son los gritos mudos de una sombra abismal que se cierne sobre la gente en Cuba, no solo la de esos campos de Najasa, sino tanta en este país que vive llena de miedo a decir en público lo que quiere y lo que sabe.
Y lo escribo claro: el problema mayor con el silencio forzoso e interno sobre el asunto UMAP no es que exista discriminación por conducta sexual hoy en Cuba –donde más queda es en la mente de miles de cubanos y cubanas y en las estructuras de dirección-, ni que quien maneja oficialmente este asunto aquí sea una persona de la familia gobernante –lo cual huele a nepotismo-, ni que se intente aún esconder el pasado –entre otras cosas, para evitar las rendiciones de cuentas, el arrepentimiento no oportunista y las reparaciones a las víctimas. Lo peor es el infinito miedo que todavía destilan en esta isla millones de personas, miedo lógico e inducido desde arriba que, mientras exista, les impedirá a los cubanos hablar libremente de sus deseos, inquietudes y molestias, de su pasado, y más grave aún, de su presente.
Ese grave misterio que recuerdan con susto la gente alrededor de la escuelita que fue UMAP, es una prueba. Donde hay gente con miedo a hablar no hay paz.
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Una revolucion encima de los humildes

Este viaje no lo ubico en ningún lugar de Cuba porque pudo haber ocurrido en cualquiera de los mil campos de este país, con cualquiera de los cientos de miles de campesinos cubanos.
He tenido los compañeros de viaje más distintos de este mundo. Viajé sobre pinos frescos con obreros de los aserríos en Pico Cristal, entre colmenas y humo y recolectores de miel de abeja, en una montaña de hielo con pescadores de la misma bahía de Cochinos, rodeado por resignados reclutas del servicio militar o eufóricos músicos de una orquesta; con un presidente del ICRT que no precisó qué tipo de periodista era cuando le dije y se puso a preguntarme por sus conocidos de Camagüey; metido entre decenas de fieles pentecostales o de misioneros católicos; en carros oficiales -cuando creían que podían sacar de mí otro periodista oficial- o en patrullas de gente sin ley y mirar torvo -cuando se convencieron de lo contrario-, apretujado con cubanos y cubanas de todas las provincias y olores…
Pero hace unos días tuve una compañera de viaje inusual.
Viajé con una vaca. Una vaca muy triste y enferma, tirada en el suelo, sin mugidos, como adivinando que su viaje terminaba en el matadero. “Se atoró en el fango de una laguna, pasó la noche ahí, y cuando la vimos y logramos sacarla, no se paró más”, me contó el dueño, desconocido pero conversador, a mi lado en el camión.
¿Y por qué la llevan al matadero si les queda a más de veinte kilómetros? “Nos buscamos un problema, mijo. No nos dan el certificado de defunción del animal. Y sin ese papel hay que seguir entregando leche como si estuviera viva.”
Entonces, el entrevistador empezó a revolvérseme: ¿Y cuánto les pagan en el matadero por la vaca? “Por esta, que tiene sus 700 libras, serán como 90 pesos en total.”
90 pesos cubanos son menos de 4 USD. Casi lo mismo que se gastó ese campesino en el alquiler del transporte hasta el matadero.
¿Pero le darán algo de la carne? “No, nada, mijo. Y después tengo que sacar más papeles del veterinario, y ponerle sellos, y pagar más. Yo soy el dueño de la vaca, pero tengo que darle cuentas al estado de todo lo que hago con ella, hasta después de muerta.” Y se sonrió del absurdo, mientras yo terminaba de indignarme con tanto abuso. Pero lo más duro no es la vaca propia que las leyes le obligan a regalar a los funcionarios del estado, después de haberla criado por unos cuantos años, sin ayuda de ninguna empresa estatal; lo más grave no es ni siquiera que posiblemente los hijos de ese campesino tengan que almorzar cualquier menudencia y la madre esté baja de hemoglobina, mientras los afortunados funcionarios comen la misma carne pero ahorrándose el sol y las madrugadas, y otros reúnen y exhortan y regañan a los campesinos para que sigan trabajando, y otros vigilan para que todo siga peor. Lo más duro, lo demoledor, fue el final de la conversación.
¿Y usted no protesta por todo eso?
Ay, mijo, ¿para qué?
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Primero de mayo en Varadero

Varadero se llenó en esta temporada, como casi siempre, de turistas extranjeros. La mejor playa y los más deslumbrantes hoteles de Cuba quedaron repletos de obreros, empleados, pequeños empresarios, jubilados, profesionales y jóvenes recién graduados de remotos lugares del mundo: una representación de esa clase trabajadora que, según los ideólogos del marxismo y el comunismo, serían los grandes explotados en los países capitalistas. Ahora, por suerte, se bañan en las playas de la isla de la Revolución proletaria.
Lo irónico es que los proletarios de esa misma isla se quedaron fuera de esas playas, porque son muy pobres. Si no lograron escalar hasta un altísimo cargo estatal, perdieron algún familiar en las aguas del exilio que ahora regresa y los invita, o aprendieron la difícil manera de prosperar en una Cuba donde casi todas las prosperidades tienen algo de ilegal o de turbio, esos proletarios cubanos que desfilarán este miércoles primero de mayo seguirán sin entrar a los hoteles a donde sí llegan los proletarios extranjeros.
El primer gobierno cubano que logre llenar, sin subsidio ni limosna, los hoteles de Varadero con turismo nacional, no necesitará banderitas rojas ni pancartas en las plazas: su desfile, el más honroso que pueda concebir, será el de miles de trabajadores cubanos al fin visitando la mejor, más lejana e imposible playa de su país.
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Para que Nemesia no llore

Nemesia Rodríguez es la persona más célebre que ha dado la Ciénaga de Zapata. Vive en Soplillar, que no es más que casas alrededor de un campo de pelota, cerca de Playa Larga, en una sencilla vivienda de mampostería con balances de hierro en el portal y confortable sofá –regalado por Fidel Castro- en la sala. Amable, conversadora y abierta, humilde en sus maneras y su entorno, recibió a este desconocido que le interrumpía la labor de costura, sin ningún reproche por lo imprevisto de la visita.
Confieso que en su salita me acomodé incómodo: tres enormes retratos de Fidel Castro, a mis espaldas y costado, uno de Raúl y otro de Celia Sánchez me observaron todo el tiempo, sonrientes y victoriosos de la víctima inocente y sencilla que supieron traer a su trinchera. El retrato de la madre fallecida en aquel bombardeo de abril –una ampliación regalada por Kcho- yace también en el medio de los presidentes cubanos. Cuando llegué, Nemesia tenía enfrente, cubierta por el trabajo de coser que desatendió para conversar conmigo, una Biblia.
La escuché con respeto. No fui allí a provocarle memorias lúgubres, ni a discutir sobre las dos Cubas opuestas que defendemos, sino a conocerla de cerca. Sentí como mío ese dolor por su madre perdida. Callé ante todas sus palabras de afecto y gratitud con personajes que, para mí, merecen el más rotundo olvido, pero que a ella le brindaron algo de interesada compasión y apoyo. La comprendo porque yo también he visto a mi madre en peligro y llanto cada vez que los del Minint la interrogan por el delito de ser mi madre, y las turbias emociones contra esos individuos y sus jefes me son inevitables. El dolor de Nemesia huérfana, dolor infinito al que nadie quiere llegar, es digno de que guardemos silencio frente a él; su agradecimiento a los que ve como protectores frente a quienes la dañaron definitivamente, y luego no supieron o no pudieron reparar el daño, es comprensible y humana. Pero existe el perdón, que pocos intentan cultivar en este país –y nunca quienes deben pedirlo- y la reconciliación entre cubanos que han amontonado cordilleras de errores, tan altas como la Sierra Maestra. Quienes estimulan todos los rencores de nuestro pasado y solo hablan de unidad para la trinchera y el poder, no para el perdón y la convivencia, quienes compusieron aquella Elegía envenenada de manipulación y politiquería y se la han hecho repetir a millones de niños cubanos, quienes provocaban en una víctima la repetición pública de su historia desoladora, quienes hincharon toda la tristeza de la víctima en ese último viaje de 2011 a Santiago de Cuba, y no pudieron impedir que terminara ingresada en la terapia intensiva del hospital Saturnino Lora porque el corazón le fallaba de tanta emoción revivida, “no la hagan hablar más de lo que sufrió en el pasado, porque la matan ustedes, no los aviones”, le dijeron los médicos a los oficiales del Minint, guías de Nemesia, esos, esos que disfrutan cultivando malos recuerdos en un país que necesita reconciliarse y hablar del presente, son los verdaderos responsables de cada llaga abierta aún en las conciencias cubanas. Y de las que, por lo visto, faltan.
casa de nemesia en soplillar foto de inalkis rodriguez nemesia me muestra su lugar preferido en la cienaga foto de inalkis rodriguez


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La Revolucion encima de la Cienaga

Llegué a la Ciénaga de Zapata hace unos días, sin alojamiento ni transporte ni mosquitos ni cangrejos por las carreteras, solo con la guía de un maltratado mapa y la buena voluntad de todos los cenagueros que encontré por el camino. Quería ir a Girón, a Playa Larga, conversar con Nemesia, ver cocodrilos y carboneras, y conocer lo más recóndito de la península de Zapata, donde mi mapa señalaba nombres de caseríos. Casi todo lo hice, menos lo último. En este abril, esos pueblos que nunca fueron bombardeados, hoy no existen. La gente se les ha ido.
Hay dos ciénagas: una exterior que va por toda la carretera desde La Boca hasta Playa Girón y Cayo Ramona, ciénaga salpicada con paladares y rent rooms de mampostería bien pintada, en Pálpite, Playa Larga, Caletón o Girón, donde vive gente esperanzada con el tenue capitalismo que les permiten y la marea de turistas. Es de sus sencillos negocios de donde fluye la relativa prosperidad de los cenagueros.
Es verdad que en la Ciénaga hay hospital, escuelas, carreteras y que la mayoría de sus comunidades tienen transporte regular; hay club de computación aunque no ofrece Internet a los cubanos porque no tienen tal derecho en ningún lugar; hay registro civil, panadería, corriente eléctrica, policía, guardabosques y otros Minint –hábiles detectando ilegalidades en ciudadanos comunes, ciegos para los altos
funcionarios-, hoteles, campismo, museos, biblioteca, cafeterías, grupo de teatro, sala de video. Es cierto que casi nada de eso existía en 1959. Hasta ahí todo muy bien -aunque el tufo a montaje de vitrina es inaguantable.
¿Y eso le basta a un ser humano? Después de 54 años de sacrificio continuo, ¿toda la prosperidad a la que pueden aspirar las personas en la Ciénaga se resume en unos servicios básicos mal garantizados, y un discreto confort que, a la primera oportunidad, les hace poner un cartel de “Se vende” e irse bien lejos?
Pero uno mueve la cabeza con asombro cuando compara los lugares privilegiados de la Ciénaga, con esos que están fuera de la ruta turística.
Porque hay caseríos en la Ciénaga –la verdadera, no la del turismo ni los museos- que no tienen teléfono ni cobertura celular, como el remoto Santo Tomás, y donde la electricidad es por planta eléctrica unas horas al día. Hay médico, y escuelita con maestro y computadoras sin Internet, sala de video solo para ver lo que está permitido, casitas prefabricadas y un círculo social de rones y cigarros. Eso es mejor que nada, claro, si la persona no padece del espíritu de progreso y al niño no le importa ponerse viejo viviendo en las mismas condiciones en que nació. Los lugareños tienen una vez al día transporte fijo, que para llegar a la civilización debe atravesar polvo o fango, según la época.
Entonces, como es lógico, la gente huye de Santo Tomás, Guasasa o La Ceiba, caseríos mustios que se desertifican porque allí, sospechan los fugitivos, nunca mejorarán sus vidas.
“Lo que usted vea aquí es obra de la Revolución”, dice una valla a la derecha de la carretera en la entrada al municipio Ciénaga de Zapata. Yo le agregaría “Lo que usted NO vea aquí, también es obra de la Revolución”.
¿Y qué más falta en la Ciénaga? Para empezar, mis redundancias de todo lo que escribo: libertad. Libertad en la iniciativa económica de los habitantes, que solo pueden dedicarse a determinados negocios; libertad en el comercio y la propiedad; libertad de información, reunión, asociación, de enseñanza y sindical…
En este viaje no pude ver cocodrilos en libertad, ni siquiera cuando me adentré en un canal de orillas blandas y nauseabundas donde algo chapoteaba de rato en rato. Un niño me contó que en los antiguos caseríos de la península de Zapata ya no se ven cocodrilos: han huido de las personas. Yo pensé: tampoco se ven personas: han huido de la desesperanza.
Esa Revolución encima de la misma Ciénaga durante tanto tiempo, pesa. Y poco a poco, se hunde.


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