[ 9 Comentarios ] Publicado el 03.24.09 bajo Reportes de viaje

Cuentan que por aquí pisó Colón tierra cubana por vez primera, buscando agua dulce, y no por Bariay. Se tiene como cierto que fue el primer lugar en ser incendiado por los mambises del ´68 para que no lo hollaran los soldados de la violenta Madre Patria, y no Bayamo, como repiten nuestros historiadores de tribuna. Dicen que de los esteros que lo rodean fluían torrentes de manatíes en tiempos antiguos, antes de que la contaminación del central azucarero y la cacería los espantara.
Ese es Manatí Viejo, un pueblo que ya no existe, en el lado oriental de la bahía del mismo nombre, costa norte de la provincia de Las Tunas. Hasta allí, equipados con un mapa desactualizado, pan, agua y la cámara, nos fuimos un día.
De la cabecera municipal salimos a pie, bien temprano, con la guía del hombre más sabio del pueblo. El trayecto es gris: un camino entre marabuzales, la lóbrega y destartalada carretera a la playa Covarrubias, una guardarraya de cañaveral y tres kilómetros de senda entre cactus y manglares. En nuestro mapa está marcado un caserío por donde hemos de pasar, y se nos ahoga el pecho al ver el mísero presente de la región: una sola casita y una sola mujer que, rodeada de niños, espera al esposo, pastor de la manada más breve del mundo. En esta comarca yacen demasiados pueblos muertos.
Le damos gracias por el aguaazúcar que nos resucita y seguimos rumbo a la costa. Entonces la senda se une con el antiguo camino real a Las Tunas, que resiste los asaltos del monte como si lo hollaran aún los espectros de la gente olvidada que vivió por aquí. Millones de patas de cangrejos minúsculos huyen frente a nosotros, bajo nosotros, y regresan al sol cuando ya hemos pasado. Mosquitos plenos de alegría celebran nuestra visita: llevaban un siglo sin probar sangre humana.
Entonces, aparece el mar; estamos en el Manatí Viejo. Hay un par de tarjas que anuncian aborígenes enterrados y mambises en fuga, la rueda de un mecanismo extinto, y el esqueleto de los muelles. Nada más.
Entre la hierba encontramos restos de loza y ladrillos de aire pretérito. Dicen que la gente de aquí, antes de huirle a los españoles, escondió el oro y la plata en las tumbas del cementerio hoy sepultado bajo el marabú; de Manatí, el pueblo actual, huye la gente azotada por la poca esperanza, el abandono, y los ciclones humanos y naturales. Estuve allí hace unos días, pregunté por una veintena de jóvenes amistades, y supe que casi todas se han marchado. Ojalá que hayan dejado oculto algo valioso que, un día no lejano, les impulse a volver.





