El país que viaja al cementerio

Quien viaje por Cuba y no lo haga por sus cementerios se olvida del lugar donde terminan, inevitablemente, todos los viajes. En ellos yacen las lágrimas de la isla entera.

El infinito cementerio de Colón y sus panteones de millonarios y de políticos, La Milagrosa, la mitad de la historia del país sepultada en nichos, los túneles y edificios de dos plantas, la tumba de Cecilia Valdés y la del capitán general, la de los soldados muertos en Angola y la desolada del ABC, las de obreros y empleados cerca de las del presidente Menocal y el ministro Carlos Miguel de Céspedes, las logias masónicas con las monjas y el cardenal Arteaga: los hombres grandes y los humildes, amigos y enemigos, hombres de Dios y ateos, todos colocados, llorados, sepultados, recordados allí, uno junto a otro, sin más diferencias que las obras de mineral que guardaron sus restos. Allí iremos todos, incluso los que matan, con la diferencia de que estos últimos tendrán en sus nichos, además de las flores de sus familiares y amigos, las otras más secas que ellos regaron con odio.

Del lado occidental de la bahía de Santiago de Cuba baja un cementerio, el de La Socapa y Cayo Granma, regadas sus tumbas sobre una pendiente inclinadísima, como si debieran resbalar toda la eternidad; en Bayamo dan pánico las tumbas de los poderosos de antaño, en sus capillas ultrajadas de escaleras bajo el nivel del suelo y calaveras asomadas por los nichos; en un monte intrincado al fondo de la tierra de Najasa, en Camagüey, hay uno casi invisible, de españoles que alguna vez se fueron a buscar suerte por aquellos rincones; en Manatí todavía queda el que hicieron los marqueses de San Miguel de Aguayo para que sus obreros no terminaran bajo cualquier árbol de la línea férrea o en el medio de un campo de caña; en mi Camagüey hay dos tumbas especiales, la del cadáver del general Agramonte, quemado por el odio de los españoles de hace más de un siglo, y la de la criolla Dolores Rondón, famosa por los versos que un enamorado de su juventud le rehacía todos los días, sobre su sepultura, y además, están las tumbas fantasmales de los fusilados de los años sesenta, que alguien prohibió inscribir en los libros de difuntos parece que por miedo a que sus nombres, anotados, siguieran conspirando contra el gobierno que los ejecutó.

Pero ahora, además, habrá que visitar el cementerio de Santa Clara con gladiolos y encono, porque en este país van a seguir matando a los que piden, solo con la voz, una isla más justa. Después de que lo golpeara la policía casi cuando era Día de las Madres, Juan Wilfredo Soto, un humilde ¡otro humilde más! ha muerto. Hay una madre con dolor. Hay muchos cubanos crispados.

En la isla hay olor a martirio, otra vez.


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