Viaje secuestrado

(Esta es la historia de un viaje que nunca imaginé dar en mi propio país. Agradezco a todos los que me propiciaron esa experiencia, pero mucho más a los que trataron de impedirla).
Víctor, el silencioso jefe de la beca del ISA, al lado del chofer, sin pronunciar una palabra; Danae y Rudy, dirigentes de la FEU, a mi derecha y atrás; Andy, de la FEU también, el único razonable, a la izquierda. Miguel, el chofer, enmudecido en el timón. El auto corre por todo Malecón, de madrugada.
Converso con ellos, al menos con los muchachos, que se atreven a hablar. Danae luce jactancioso, dice que está haciendo “lo correcto para defender la Revolución”. Rudy, el único con el que había hablado días antes, me dice, cuando le pregunto, que su nombre es Osvaldo. ¿Por qué miente?
Los tres son santiagueros, y Danae y Rudy estudian actuación. Quince días antes yo había visitado su clase en busca de actores, con permiso de Omar Alí, el profesor; ellos actuaban algunas escenas de “Sueño de una noche de verano”: Danae era seco y no se sabía ningún texto –es fama que su estancia en el ISA no tiene razones artísticas-; a Rudy no lo recuerdo ese día. Andy estudia piano; fue el único que se negó resueltamente a agredirme, ante tantos hombres que oscilaban entre violencia e indiferencia. Pero ninguno de estos tristes representantes estudiantiles estuvo entre los más de 150 muchachos de la huelga del ISA, en octubre de 2009.
Esa noche –jueves 26 de mayo- llegué casi a las once de la noche, por la entrada del fondo del ISA –Novena y 120- que da directamente a la beca. Noté que los custodios de las distintas escaleras en la residencia estaban en total alerta, a pesar de la hora. Y entre ellos no había ninguna mujer, al contrario de lo que siempre ocurre. Según avanzaba por el pasillo, se hacían señas cómplices. En la entrada de mi escalera habían ubicado –casualmente- al más robusto de todos, que yo conocía de vista. “Su carné.” Se lo enseñé. “Tienes que ir a ver a Víctor, el jefe de beca”. Sin mirarme a la cara, terminó: “No puedes entrar”.
En la oficina de Víctor estaban mi taquilla y dos bolsas más con todos mis bienes, ocupados y cargados sin mi presencia; no faltó nada. El pobre hombre, apacible en sus modos, me indicó que recogiera todo aquello, “hay un carro esperándote para ir a la terminal, y un pasaje para Camagüey en la primera guagua”. “Pero las 48 horas que me diste ayer para salir se vencen mañana por la tarde”, le dije. “Tienes que irte”, respondió. Tras él aparecieron tres dirigentes de la FEU, dos custodios y Miguel, el chofer; tampoco había una sola mujer entre ellos. Recogí sin ningún apuro y conversé mucho con los muchachos de la FEU convocados para sacarme. “Me prometieron un papel mañana por la mañana, aquí. Tengo que quedarme para recogerlo.”
Víctor llama por teléfono para consultar la situación, no dice con quién habla pero la respuesta es tajante y reiterativa: “Tienes que irte”. Andy y Danae tratan de explicarme por qué mi caso es tan brusco, Andy con inteligencia, Danae repitiendo estribillos. “Mira, desde hace rato esto se está analizando, sabemos de tus problemas en Santiago y Santa Clara, y no hay más alternativa. ¡Y tú tienes cada amistades!, dice Danae. “Yo respeto tus ideas, cada persona es distinta y piensa como quiere, pero no se puede hacer nada en esto”, dice Andy. “¿Con qué estudiantes de la FEU se consultó esto? ¿Podemos ir a preguntarles?”, y los miro a ver cómo se recuperan la palabra. “Nosotros somos la FEU, por algo somos dirigentes, y no hay manera de reunir a nadie ahora, compadre.”, responde Danae.
Termino de recoger y entre todos cargamos los maletines y los llevamos al auto. Es un “panelito” rojo que yo conocía de antes: una vez monté en él, cuando el ISA me lo prestó para buscar a varios artistas que participarían en un espacio de debate estudiantil. Ahora es el auto en el que completarán mi castigo.
De lejos veo un compañero de beca que mira la escena, escondido tras una esquina. Me separo del carro y les hablo a todos, alto: “Por favor, llévense mis cosas y cuídenlas; yo no quiero montar ahí. Y si lo hago, es porque ustedes me obligan. No haré resistencia, pero no iré voluntariamente.” Me pongo las manos en la nuca y todos estallan. Danae y Víctor me dan vueltas y se ponen tensos, como buscando por dónde cargarme; el chofer dice que no chive, que quiere irse a dormir; Rudy se burla; Andy me advierte que no complique las cosas… Yo no entro, y cuando Danae está a punto de ponerse violento, y mira a Víctor esperando la orden, saco el celular y marco un número. “Cualquier fuerza que empleen contra mí es un secuestro, y hay testigos”, aclaro.
Caos. El jefe de beca, perdida la compostura, saca también su móvil y se aleja para pedir instrucciones. El chofer hace silencio y se sienta en un muro. Los custodios callan y se apartan. Andy sigue tratando de convencerme por las buenas. Víctor, alternativamente, me da sucesivos ultimátums y habla por teléfono; parece que al final se le acaba el saldo porque sube a su oficina a seguir hablando. Los dirigentes de la FEU, carentes de iniciativa, van tras él. Ya he logrado mandar mensajes de alarma, y algunos compañeros de beca bajan a ver qué sucede o me llaman al móvil. Envié un SMS a Gisselle Candia, de mi barrio, de mi aula, presidenta de la FEU en mi propia facultad, y muy buena amiga durante mucho tiempo; está durmiendo en su cuarto, a dos minutos de dónde ocurre esto, pero no baja ni llama.
A los que sí me llaman o se acercan, les repito: “Danae y el jefe de beca son los que están dispuestos a golpearme: graben esos nombres, por favor.” Donde estoy se siente la discusión en la oficina de Víctor: Andy, el estudiante de piano, vocifera: “yo no voy a hacer eso, no, en eso sí que no participo, no”. Danae baja alterado, porque me oye repetir su nombre por teléfono. “¿Quién te dijo que yo te voy a golpear?, ¿quién te dijo eso?”.
Es más de la 1:45 am. Un custodio joven se acerca a negociar, pero el de bigotes tupidos que vigila la escalera lo llama enfáticamente, para que se aparte de mí. Víctor baja con rostro resuelto, y los muchachos detrás de él. Víctor intenta una última triquiñuela: entra al auto y me llama calmadamente para que me siente a su lado, a hablar. “No soy un niño chiquito, compadre, vamos a hablar acá afuera, pero ahí no entro por mi voluntad. Aquí estoy, vengan a buscarme.” Víctor sale del carro, da vueltas mientras Danae y Andy siguen hablando. Se deciden, alguno le al otro: “vamos, vamos”. Víctor me toma por la muñeca izquierda, Danae por la espalda, alguno de los otros dos por el brazo derecho, y me hacen avanzar hasta meterme en el carro, en el asiento de atrás. Les queda sincronizado, como a los buenos policías. Los dirigentes de la FEU entran y se acomodan: Rudy a mis espaldas, Andy a mi izquierda y Danae a la derecha; Víctor al lado del chofer. El celular sigue sonando imparablemente. Ante la preocupación de esos muchachos por lo que voy a contar, les pregunto: “Cuando escriba sobre esto, diré que me montaron y trasladaron sin hacerme daño físico visible, pero contra mi voluntad, ¿les parece bien?”. Hacen silencio. El auto sigue por Quinta Avenida, atraviesa el túnel, y corre por todo Malecón, de madrugada.


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One Response to Viaje secuestrado

  1. Anónimo says:

    Algo parecido me pasó a mi en 1989… Señores, el cuartico está igualito!!

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