Reportes de viaje


Un blog sobre viajes en los que me creo libre, y cuento cómo se ve Cuba desde la Tierra. Un blog sobre viajes en los que descubro por qué amo a Cuba, y por qué debo transformarla.

Rosa blanca

[ 8 Comentarios ] Publicado el 04.18.09 bajo Reportes de viaje

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Aquí les presento una publicación que hacemos varios jóvenes desde la provincia de Camagüey. Déjenme sus comentarios y críticas, que las necesitamos.

El pueblo fantasma

[ 9 Comentarios ] Publicado el 03.24.09 bajo Reportes de viaje

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Cuentan que por aquí pisó Colón tierra cubana por vez primera, buscando agua dulce, y no por Bariay. Se tiene como cierto que fue el primer lugar en ser incendiado por los mambises del ´68 para que no lo hollaran los soldados de la violenta Madre Patria, y no Bayamo, como repiten nuestros historiadores de tribuna. Dicen que de los esteros que lo rodean fluían torrentes de manatíes en tiempos antiguos, antes de que la contaminación del central azucarero y la cacería los espantara.

Ese es Manatí Viejo, un pueblo que ya no existe, en el lado oriental de la bahía del mismo nombre, costa norte de la provincia de Las Tunas. Hasta allí, equipados con un mapa desactualizado, pan, agua y la cámara, nos fuimos un día.

De la cabecera municipal salimos a pie, bien temprano, con la guía del hombre más sabio del pueblo. El trayecto es gris: un camino entre marabuzales, la lóbrega y destartalada carretera a la playa Covarrubias, una guardarraya de cañaveral y tres kilómetros de senda entre cactus y manglares. En nuestro mapa está marcado un caserío por donde hemos de pasar, y se nos ahoga el pecho al ver el mísero presente de la región: una sola casita y una sola mujer que, rodeada de niños, espera al esposo, pastor de la manada más breve del mundo. En esta comarca yacen demasiados pueblos muertos.

Le damos gracias por el aguaazúcar que nos resucita y seguimos rumbo a la costa. Entonces la senda se une con el antiguo camino real a Las Tunas, que resiste los asaltos del monte como si lo hollaran aún los espectros de la gente olvidada que vivió por aquí. Millones de patas de cangrejos minúsculos huyen frente a nosotros, bajo nosotros, y regresan al sol cuando ya hemos pasado. Mosquitos plenos de alegría celebran nuestra visita: llevaban un siglo sin probar sangre humana.

Entonces, aparece el mar; estamos en el Manatí Viejo. Hay un par de tarjas que anuncian aborígenes enterrados y mambises en fuga, la rueda de un mecanismo extinto, y el esqueleto de los muelles. Nada más.

Entre la hierba encontramos restos de loza y ladrillos de aire pretérito. Dicen que la gente de aquí, antes de huirle a los españoles, escondió el oro y la plata en las tumbas del cementerio hoy sepultado bajo el marabú; de Manatí, el pueblo actual, huye la gente azotada por la poca esperanza, el abandono, y los ciclones humanos y naturales. Estuve allí hace unos días, pregunté por una veintena de jóvenes amistades, y supe que casi todas se han marchado. Ojalá que hayan dejado oculto algo valioso que, un día no lejano, les impulse a volver.

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Dinosaurios en la montaña

[ 9 Comentarios ] Publicado el 02.26.09 bajo Reportes de viaje

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Vimos por allá por Mil Cumbres, unos bosques intensos y recónditos al este de La Palma, que rodean a la mayor altura de todo el tercio occidental cubano: el Pan de Guajaibón.

Desde mucho antes de llegar sentimos la solidaridad de gente de campo que, sabiendo de cuán lejos veníamos, nos brindaba su casa, por si nos fallaba la suerte. Pero fue camino a La Palma, el lugar que escogieron los dos últimos ciclones para salir al mar, donde nos encontramos con la noche encima, sin bañarnos y con unas barras de maní por toda compañía.

¿De dónde salió esa pareja de campesinos? Ni idea, no los vimos llegar, pero lo cierto es que esa noche dejamos el polvo del viaje en el riachuelo que pasaba junto a su casa de madera, comimos en una mesa de platos desbordados, y dormimos sobre un colchón de suavidad impecable. El alacrancito que amaneció enredado en mi pulóver no afectó la enorme gratitud por la hospitalidad de aquel matrimonio.

La región de Mil Cumbres pertenece a la Empresa de Flora y Fauna, y hay que traer autorización para entrar, pero sin caer en los extremos de quienes dirigen Guanahacabibes. En su centro se yerguen los casi 700 metros del Pan de Guajaibón, aisladísimo: Sagua, el caserío más cercano, está a dos horas de buen camino. Allí encontramos otra buena persona que cuidó todo el equipaje innecesario y nos explicó cómo llegar hasta la base de la montaña.

Atravesamos riachuelos y mausoleos de héroes antiguos por un camino desierto, que moría entre las ruinas de un puesto militar. No vimos un solo ser humano. El ascenso del Pan aún es seguro: una senda clara, que al final se torna un pasillo entre gigantescos helechos arborescentes, va zigzagueando hasta la punta. A la 1:30 de la tarde, bañados en sudor, con el agua precisa y los turrones de maní casi agotados, nos asomábamos desde la cima del Pan a la costa norte y al lomerío de la Sierra del Rosario; entre nosotros, estaban los fósiles.

Unas inmensas estructuras metálicas, achatarradas, yacen allá arriba. Son los últimos restos de cuando jugábamos a la guerra. Las auras vuelan en torno, burlándose del asta que ya no tiene bandera, de los letreros en ruso aún visibles y de las solitarias fortificaciones militares llenas de excrementos y de carteles irreverentes.

A las 7 estábamos de regreso en Sagua, físicamente deshechos. Nos bañamos en el río San Marcos, que bordea el pueblo. Esa noche, de nuevo, nos salvó de los mosquitos y del hambre la hospitalidad humilde de unos lugareños. Madrugamos. En la oscuridad, vimos un cartel: “Sendero Natural REGRESO AL JURÁSICO”.

Gracias, ya estuvimos. Los dinosaurios se extinguen, irremediablemente.

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cuevas

destruidos

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soldados

El pueblo más sincero de Cuba

[ 10 Comentarios ] Publicado el 02.07.09 bajo Reportes de viaje

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A Guane llegamos por la tarde, huyendo de los mosquitos de Guanahacabibes. En la misma terminal nos bajamos, con tan buena suerte que a los quince minutos apareció un carro con logotipo de Los Portales SA, a recoger pasajeros, y nos montamos, pues para el Salto de Los Portales íbamos.

(Por cierto, en Guane algún funcionario innovador dispuso que todos los automóviles estatales debían pasar por la terminal, con lo cual el viajero no tiene que escoger entre ambas fatídicas opciones. Parece que hay funcionarios con imaginación, después de todo).

La famosa agua embotellada Los Portales se obtiene del río homónimo, afluente del Cuyaguateje, que baja de la leve Sierra de Guane, y en cuya orilla está el campismo. En esta zona el río tiene enormes y solitarios remansos verdes, que exhalan una incontenible tentación de arrojarse, a riesgo de rozarle la nuca a algún güije dormido.

Esa noche comimos y dormimos en el campismo, lo cual nos alivió un poco las billeteras, de por sí ligeras, y a las cuatro de la mañana estábamos desandando un par de kilómetros a oscuras, rumbo a Viñales. Por supuesto, como buenos excursionistas, nos perdimos en aquellos caminos ignotos.

A las cinco abordamos un ómnibus apacible que tardó casi dos horas en recorrer unos cuarenta kilómetros, hasta excretarnos, metamorfoseado ya en una molotera tipo Hidra de Lerna (por cada uno que bajaba subían nueve), en Cabezas, un puente de hierro y madera sobre el Cuyaguateje.

Allí mordisqueamos las últimas galletas que nos quedaban, tragando con susto por si el “amarillo” paraba algún carro que nos pudiera adelantar. Sobre las nueve de la mañana, atiborrados de hambre y de los paisajes impecables de la Sierra de Viñales, entrábamos por el sur, en un camión descubierto, a Minas de Matahambre.

Y fue verdad. Enfrente del modesto parquecito central descubrimos una cafetería estatal, milagrosamente surtida de panes con morcilla, queso-crema, mayonesa y mortadella, y con precios de los que no provocan demasiada desazón en el bolsillo. No sé dónde estarían las Minas, pero por lo menos ya estábamos en Matahambre. El nombre del pueblo decía la verdad.

Y seguimos.

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Por los caminos

[ 7 Comentarios ] Publicado el 01.28.09 bajo Reportes de viaje

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Viajo, luego existo. También es verdad que si viajo demasiado, me arriesgo a dejar de existir. Uno puede pasarse un día solo a base de mangos, como aquel fin de semana en Manacal, un campismo cercano a Topes de Collantes, o almorzar galletas viejas con tajadas de aguacate sin madurar, como hicimos una docena de estudiantes de periodismo en lo alto de La Gran Piedra, o mantenerse durante todo un festival de cine latinoamericano desayunando, almorzando y comiendo discos de mantequilla y refresco gaseado en la cafetería salvadora de Línea y 16. Eso uno puede hacerlo, pero si lo convierte en rutina, hay peligro de desintegración, estoy seguro.

Odiseo, Marco Polo, Colón, Magallanes, Livingstone, Ernesto Guevara, viajeros impertinentes, son los tópicos culturales de los que, sobre todo, ansiamos conocer el mundo. Pero prefiero pensar en Dante, el hombre que atravesó los lugares de los muertos en busca de su ideal, y de paso rozó todas las miserias y glorias humanas.

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